Todo buen anti-sistema tiene que rechazar el principio de autoridad. Es una condición básica. Sin embargo, poca gente entiende porqué, incluso entre los propios auto-proclamados anti-sistema. A continuación voy a explicarlo lo más claramente que pueda, porque como digo, es algo básico para todo aquel que rechace el sistema y lo que significa.

Porque en realidad, el principio de autoridad está en la base del sistema. De hecho, es uno de sus pilares fundamentales. Sin el principio de autoridad, es imposible mantener un control férreo sobre la masa. La programación mental de grupo no sería posible. Y para entenderlo un poco mejor, tenemos que hacer un poco de historia.

En la época clásica (Grecia y posteriormente Roma), existía la figura de lo que los romanos llamaron autoritas. Esta autoritas era un “poder” del que se investía a una determinada persona, normalmente el pater familias (que no tenía que ser necesariamente el padre respecto a sus hijos, ya que ese poder también se ejercía sobre la esposa -por cierto, interesante término que define la atadura de la mujer al marido de por vida- y los esclavos), y luego los cargos públicos. Lo que pasaba es que por aquel entonces, los cargos públicos eran elegidos por voto directo, y generalmente se solía elegir a estos cargos (desde el censor hasta el consul, y luego el imperator) a personas que habían demostrado su valía en algún campo, generalmente el de batalla. La autoritas se la había ganado el individuo a pulso, puesto que era admirado y reconocido, y se le tenía respeto por ello. En resumidas cuentas, exceptuando al pater familias, que tenía esa autoridad por serlo, en los demás casos era un poder investido. Pero la autoritas tenía consecuencias más allá del título: era básicamente lo que le daba poder al sujeto para ejercerlo en su cargo público. Cuando se perdía, ejercitar el poder se hacía muy complicado, o directamente no podía hacerlo. De ahí su importancia.

Lógicamente, con el paso del tiempo, la autoritas fue perdiendo fuerza como sinónimo de “respeto” y al final, por acceder a un cargo público se obtenía esa autoridad. Ahora bien, la degradación del imperio romano y su disolución en pro de los pueblos germanos fue simplemente la historia de la degradación y polución de muchos conceptos legales y sociales romanos como la autoritas. La corrupción generalizada que se dio hasta casi el final del primer milenio hizo que cualquier hijo de vecino con poder y contactos pudiera investirse de esta autoridad. Y así hemos llegado a nuestros días: cualquiera, tenga o no el reconocimiento y respeto de sus iguales o del pueblo, puede ser revestido de ese poder. Sólo cuando se cae en desgracia pública (corrupción, delitos diversos, etc…), se puede perder esa autoridad, aunque no es del todo cierto en muchos casos, como sabemos. En general, cualquiera de nosotros puede tener esa autoridad de alguna forma a lo largo de nuestra vida, sin necesidad de ese respeto reverencial que era preciso antes. Al menos en el caso de la familia, eso ha permitido que el padre ya no tenga poder sobre la madre ni los hijos mayores, lo que es un avance. Pero en otros ámbitos, especialmente el público, ha sido un problema más que otra cosa.

El principio de autoridad no es meramente político. Este principio permitía controlar a la gente ya que los demás respetaban ese poder. Ahora, el respeto a la autoridad no es consentido, sino impuesto. Ahora, por el mero hecho de que alguien sea Rey o presidente, se le debe tener respeto, aunque no lo merezca. Esto podemos trasladarlo a casi cualquier ámbito de la vida: la educación, el trabajo, la religión, la ciencia… Ahora, porque alguien sea una “autoridad”, cualquier cosa que salga de su boca es poco menos que palabra divina, y no, amigos y amigas, no es así. Precisamente, el control que infunde el principio de autoridad es lo que permite controlarnos sin que nosotros apenas podamos hacer nada. El que se revela violentamente, termina sojuzgado por las fuerzas públicas del orden. El que lo hace intelectualmente, termina con su moral y virtud menoscabadas al convertirse en el hazmerreir social y cultural. Y que decir cuando nos metemos en el proceloso mundo de lo “políticamente correcto”: básicamente, si no hablas, dices o piensas como te mandan, eres, como mínimo, un degenerado. Vivimos tiempos terribles para ser un libre pensador.

El principio de autoridad es básicamente una de las peores lacras que tenemos que aguantar los humanos, desde la cuna a la tumba. Es uno de los principios básicos en los que se apoya el sistema para sobrevivir y continuar controlándonos. Pero, ¿cómo se vence semejante poder? La forma, opino, es muy simple en realidad: no dudar de nosotros mismos. El principio de autoridad tiene como uno de sus principales apoyos el menoscabo de la autoestima. Básicamente, si no tienes la “autoridad”, no eres nadie, no pintas nada, y sólo puedes limitarte a seguir la estela. Y si quieres quitarte ese peso muerto de encima, básicamente tienes que hacer lo mismo que los que han llegado “arriba”: imponer tu “autoridad” a los demás por múltiples caminos, generalmente muchos de ellos poco edificantes. Sólo cuando tu confianza en ti mismo es suficientemente fuerte puedes sustraerte al principio de autoridad. En ese momento, cuando decides no seguir ninguna consigna ni idea preconcebida, te conviertes en alguien libre, tanto mental, intelectual y espiritualmente. La autoridad, ahora como antes, se sustenta en que los demás decidan obedecer esa autoridad. Y eso era cierto en Roma, pero ahora no lo es. Ahora se nos obliga a obedecer, aunque esa “autoridad” nos parezca aborrecible. La única manera es decir NO sin tapujos, sin ataduras, sin complejos. Y para eso, necesariamente, hay que dejar de tener miedo y tomar la decisión de ser uno mismo el que importa, en conexión con los demás, de una forma libre y decidida. Sólo así nos podemos separar del rebaño.

Recordad siempre esto: “Ser valiente no consiste en no sentir miedo, sino en sentirlo y aún así continuar adelante“.