Yo no veo prácticamente nada la televisión, pero hoy he tenido la mala suerte de escuchar una barbaridad que, lógicamente, dicha por la Gran Caja de los Borregos, es una verdad total y absoluta. Que lo que ha pasado en Barcelona durante la huelga ha sido el producto de agresiones de “anti-sistema”. Naturalmente, también se nos confunde con okupas y con facinerosos etarras. Mi indignación hacía bastante que no llegaba a estos niveles.

Esos “señores” no eran anti-sistema, por mucho que los estén vendiendo como tal. Como resulta evidente para nosotros, no es más que una burda y estúpida forma de depreciarnos en la sociedad. Esos descerebrados no eran más que sindicalistas actuando fuera de el concepto de “piquete informativo”, un secuestro del estado de derecho que a estas alturas de la vida es intolerable. No voy a hacer crítica de la huelga, la que por supuesto, como muchos sabemos, no es más que una broma de mal gusto ideada por el Gobierno y los sindicatos, y que afortunadamente ha tenido un impacto mínimo gracias a que los españoles parecen volverse más cuerdos con los años.

Lo primero es que un anti-sistema es alguien que respeta a los demás, porque son sus hermanos. Un verdadero anti-sistema jamás levanta su mano a otro, porque lo ama. Alguien que levanta la mano a otro es un policía, un maltratador o un delincuente. Un anti-sistema de verdad jamás hace eso, porque la violencia es de descerebrados borregos que sólo saben seguir consignas de sus señores. Son esclavos impertérritos que están ahí para generar confusión y miedo, justo lo contrario que nosotros. Son seres deleznables que tendrán su justo castigo cósmico. Pero, ¿y nosotros? Debemos aguantar los envites porque así está hecha la vida de la mar: es dura y la ola te golpea con furor y estruendo. Al final nosotros siempre ganamos, porque la mar se pone en calma y amaina. Debemos controlar nuestra vida igual que el capitán controla su barco, para al fin llegar a puerto. ¿Y cuál es nuestro puerto? La libertad.