Sé que lo que voy a decir va a sonar extraño a más de uno, pero bueno, eso por suerte tiene fácil solución: informarse un poco mejor antes. El título indica una versión muy compacta de lo que voy a explicar a continuación, así que les ruego que se sienten cómodamente y disfruten del viaje.

Todos sabemos ya a estas alturas que una de las formas para controlarnos ha sido y es el famoso “divide y vencerás”, que tanto éxito ha reportado a nuestros amos durante siglos. No creo tener que dar muchos ejemplos sobre ello, creo que son obvios y evidentes a poco que se conozca la historia (ni siquiera la real, con la de mentira que nos han contado hasta ahora vale): guerras entre rivales, a veces por auténticas tonterías, disputas religiosas, confrontación quirúrgicamente creada para disociar a los que están unidos (el movimiento romántico del siglo XIX es un buen ejemplo), etc. Un ejemplo extremo de esto es la aparición del comunismo.

Cierto es que la revolución industrial trajo consigo un efecto bastante indeseable (para los humanos, porque para nuestros amos era genial): pobreza, muerte, sufrimiento… Muchos millones de personas, que antes vivían más o menos mejor en el campo, pasaron a vivir más o menos peor a las ciudades, trabajando en las fábricas (al respecto de esto, hay un vídeo curioso sobre como la “modernidad” nos ha perjudicado como especie hasta límites insospechados), generando desigualdad y desesperación en los obreros. En este panorama aparece un movimiento aparentemente orientado a intentar subsanar este problema: el comunismo. Como veremos, su intención no era ni mucho menos esa, sino todo lo contrario. La cuestión es comprender porqué y cuales eran los objetivos originales, así como las consecuencias que han sido finalmente.

Karl Marx era un tipo listo que iba por la vida hasta que le ocurrió algo guay: le metieron en la masonería, concretamente en la denominada Liga de los justos, asociada a la Sociedad de las Estaciones (fundada por el masón Louis Auguste Blanqui). Estas organizaciones ya estaban inspiradas en la idea de comuna, pero de hecho Marx llegó a influenciar en estas organizaciones. Tanto es así que incluso llego a cambiar ciertos ritos y hábitos de la logia. La cuestión es que con el colega Engels se marcó un farol guapo: establecimiento de la teoría materialista que daría lugar al movimiento comunista. Pero… ¿Fue realmente idea suya todo ese tinglado? Va a ser que no. La orden ya había participado previamente en varios movimientos revolucionarios en Francia (especialmente el levantamiento de Mayo de 1839) y entre sus objetivos estaban el derrocamiento del poder establecido por el capitalismo y la guerra final (la lucha de clases) para lograr el triunfo de las masas comunales sobre los poderes establecidos (para establecer otro poder omnímodo, por otro lado). Hay que considerar que con la aparición de las revoluciones liberales tras la americana del 1776, para algunos todo se solucionaba cortando cabezas, real o figuradamente. Vamos, que para un martillo todo son clavos. Qué duda cabe que Marx pudo tener sus propias ideas al respecto. Recordemos también su origen judío y sus conexiones con el sionismo, siendo algunos de sus fundamentos un fuerte sentido de la comunidad anulando al individuo (sólo hay que ver lo bien que lo han aplicado, de forma negativa en los gulags rusos y de forma “positiva” en los kibutz israelíes). La cuestión finalmente se reduce a intentar comprender qué era idea suya y qué era ya filosofía básica de la orden en la que militó. Dado que no resulta sencillo hacer la distinción, pasaremos esto por alto, no sin antes responder a una pregunta que se estará haciendo más de uno: ¿Para qué carajo hacer todo esto? Responder a esto no es sencillo, pero en realidad es fácil de comprender cuando se entienden algunos conceptos básicos.

En el siglo XVIII surgió en la Alemania prusiana un movimiento filosófico encabezado por Georg Wilhelm Friedrich Hegel, que se denomina “Dialéctica”, y que aportaba una determinada visión sobre la Historia. De hecho fue el principal creador de la “filosofía de la Historia”. Esta corriente toma el principio de que la historia ocurre por la confrontación de contrarios, y que por lo tanto es posible manipular la historia manipulando los acontecimientos propiamente dichos enfrentando a dos o más partes en disputa. De esta manera, muchos movimientos y filosofías (no todas ellas sanas) han encontrado su base de funcionamiento para provocar cambios históricos de forma, a veces, desenfrenada. A esto hay que sumarle el concepto de “tercer partido”, es decir, el elemento extra que permite que dos discutan aunque ninguno quiera, y que se utiliza para poner en conflicto generalmente a otras dos partes para conseguir un objetivo. El siglo XX ha estado jalonado de estas intervenciones de “terceros partidos”. Desde la I guerra mundial, pasando por la revolución rusa, las guerras posteriores del tipo Vietnam, revolución china, etc. En general, casi todo lo importante que ha ocurrido en el mundo en los últimos 200 años ha sido obra de un “tercer partido” de algún tipo.

Sin meternos en teorías más complejas que podemos tratar en otro momento, la cuestión principal es que la introducción del comunismo como corriente de pensamiento fue ideada precisamente de esta manera. Existía un conflicto nada latente (prueba de ello eran las revoluciones obreras de la primera mitad del siglo XIX) entre capitalistas y movimientos obreros que era, como es lógico, bastante desigual. Cierto es que muchos de los primeros sindicatos intentaron la rebelión abierta, especialmente en Francia y Prusia, pero general eran relativamente bien sofocadas por el ejército y la policía. Para que hubiera un conflicto real que permitiera los objetivos (que describiré más adelante), era necesario que el movimiento obrero fuera más fuerte y capaz. Y para ello debía existir algo que sustentara la posibilidad de crear un movimiento fuerte. Y ese algo fue el comunismo. Ahora me meteré en uno de los meollos de la cuestión: ¿qué diferencia hay entre capitalismo y comunismo?

Generalmente se suele confundir capitalismo con libre empresa, y eso simplemente no es cierto. El capitalismo consiste en la acumulación de bienes de capital (maquinaria, inmuebles, dinero, etc.), con el objetivo de venderlos, alquilarlos o reinvertirlos para la consecución de más capital (en general, dinero). La libre empresa no es más que la posibilidad de poder establecer negocios por cuenta propia, creando una más o menos sana competencia entre empresas, que pueden pertenecer o no a capitalistas. De hecho, ser empresario y capitalista puede ser contraproducente, ya que a un empresario le interesa que haya competencia para tener la posibilidad de incorporar sus productos (considerados mejores que el resto) y hacerlos llegar al público, mientras que el capitalista prefiere el monopolio ya que de esa forma puede hacer lo que por naturaleza sabe hacer: aglutinar capital en sus manos. Es decir: libre empresa y capitalismo son en general antagónicos, excepto porque el capitalismo puede surgir de la libre empresa cuando esta empresa se hace demasiado grande o importante. Dado que para el capitalismo, lo único importante es amasar capital, la forma de conseguir amasar ese capital no es demasiado relevante, de ahí que surjan los problemas a nivel de trabajo: el trabajador, como individuo que realiza el trabajo, genera un producto o servicio que, vendido, genera capital (aunque en términos generales, el producto generado ya es capital en si, ya que tiene un valor intrínseco-por el trabajo empleado en realizarlo-, con lo que no hace falta que sea vendido en si mismo-cosa que puede ocurrir más adelante). Es decir, el propio trabajo como tal genera capital, así que los trabajadores se convierten, básicamente, en unidades de creación de capital (en la libre empresa, el trabajador es una unidad de producción de trabajo, exclusivamente). Así, para el capitalista, el valor del trabajo realizado por el obrero sólo tiene sentido si, de alguna forma, es convertible en capital. Dado que el único objetivo del capitalista es amasar capital, hará todo lo posible para que ese capital sea cada vez mayor: obligará a trabajar más horas, más duro, pagando menos (al fin y al cabo, es capital que se pierde durante el proceso de producción de más capital, aunque desde otro punto de vista podría considerarse una inversión, pero claro está, esta debe ser cada vez menor para que la diferencia resultante sea a su vez mayor), y claro, cuando se usan máquinas no hay problema, pero cuando se usan humanos para hacer lo mismo, la situación es bastante complicada. Precisamente una de las razones por las cuales se está sustituyendo a los trabajadores humanos por máquinas es porque su coste marginal es mucho menor, y además, no se quejan.

Visto esto, el problema que surge es obvio: el conflicto entre capitalistas y trabajadores evidencia que hay una distonía importante entre ambos mundos. Tanto es así, que era un terreno labrado para la aparición de filosofías materialistas y un tanto naifs como el comunismo. Se generó una conceptualización basada en el hecho de que sólo existe lo que se ve, lo que se produce con el trabajo (la naturaleza está subyugada a esto, ya que no se sabe de donde ha salido, y por lo tanto, tiene una valor cero), y el trabajador sólo debe tener en consideración el hecho de la creación material como su objetivo en la vida. Pero claro, ¿y el sufrimiento? El sufrimiento es inherente a nuestra condición material (el comunismo niega totalmente la existencia de lo espiritual), y debemos aceptar que es necesario. Pero claro, dile esto a todos los que hacían doce horas o más todos los días en la fábrica. Así que se endulza de la siguiente manera: la lucha de clases (invento comunista derivado del concepto de conflicto entre capitalista y obrero-dialéctica hegeliana) creará una utopía en que los obreros no sufrirán ya que el sistema estatista consecuente cubrirá todas sus necesidades y problemas, de manera que su única ocupación deberá ser producir trabajo. ¿Empieza ya a sonaros esto? Bueno, seguiremos desenmarañando el tema a continuación.

El comunismo se hizo simpático al mundo porque permitía liberar intelectualmente al trabajador de la esclavitud del capitalista (esta idea es una bomba lapa debajo de nuestro chasis mental, ya que como he insinuado en el párrafo anterior, realmente lo único que ocurre es que se cambia a un amo capitalista por un amo estatista, que básicamente es lo mismo como demostraré más adelante), con lo que su introducción fue muy bien recibida políticamente. Pero claro, no dejaba de ser una mera idea. Sin la realización de la utopía, no era posible llevar a cabo el paraíso obrero prometido por Marx (visto desde el principio como una especie de mesías laico). Así, distintos movimientos fueron surgiendo poco a poco en base al comunismo que fueron tornándose oscuros movimientos revolucionarios que se plasmaron en un coleguita llamado Vladímir Ilich, alias “Lenin”.

Para quien se pregunte como un hombrecillo con bigote y unos amiguetes consiguieron destrozar una nación como la rusa en dos o tres años, les diré que la respuesta es sencilla de narices: “tercer partido”. Este concepto, enunciado previamente, nos ayuda a comprender, cuando es tenido en cuenta, como se llegó a conseguir tal hazaña. Lenin y los suyos se encontraban en Suiza cuando partieron en un tren atravesando toda Europa. ¿De quién era ese tren? Alemania. De hecho, el ejército escoltó el tren hasta Rusia (con el compromiso de Lenin de que no bajaría del tren ni una sola vez hasta llegar al país del frío), ya en plena guerra mundial. Ahora bien, ¿qué gana Alemania con ello? Algo obvio: sacar a Rusia de la guerra, que le estaba suponiendo un grave problema, y poder desviar recursos al frente occidental. Pero aún así, no se hace una revolución sólo con un tren. Lenin y los suyos recibieron varios millones (que en la época era muchísimo dinero)… ¡También de Alemania! No era tan complicado, ¿no? Pero no sólo del gobierno alemán, que hubiera sido lo lógico. Existen y se han estudiado documentos que describen las transacciones ocultas del banquero de Alemania, Rothschild, para movilizar al menos 5 millones de marcos a la causa bolchevique. Estos dos factores facilitaron el éxito de la revolución rusa y la aparición del primer país comunista del planeta. El propio Lenin dejó por escrito que el comunismo venía a ser una versión alternativa “ligera” (un poco miope era este hombre) del capitalismo. Como veremos más adelante, es todo lo contrario.

Tenía que hacerse por infiltración, obviamente, puesto que ya en el pasado la experiencia decía que de otra forma no podía hacerse (que se lo digan a Napoleón…). La cuestión es que, independientemente de todo esto, una duda se nos sigue resistiendo: ¿Por qué? ¿Para qué montar todo este follón? Bueno, para eso tenemos que examinar algunos aspectos de importancia.

Antes hemos fijado la idea de que el comunismo es un sistema ideológico basado en el hecho de conseguir que el trabajador se convierta en un esclavo sin alma que trabaje de forma totalmente acrítica para el amo (que pasó de ser el capitalista occidental a ser el capitalista estatista). El capitalismo occidental no puede lograr tal cosa porque existe en una sociedad donde se aprecia la vida humana y sus valores… Por lo menos hasta hace poco… La cuestión es que en occidente existen límites. Pero para la ideología comunista, estos límites desaparecen: en pro del estado central, el trabajador debe sacrificarse sin límite por el beneficio de este centralismo, ya que ese estado central lo ha “salvado” del capitalista salvaje occidental. Al final, no es más que una teoría de confrontación entre las personas, planificado específicamente para seguir la corriente dialéctica hegeliana (recordemos: la historia fluye a través de los conflictos). En occidente no había muchas posibilidades de llevar a cabo esta utopía, con lo que había que conseguir que otro lugar fuera el adecuado. De todos los posibles, se eligió Rusia por varias razones: era una potencia militar que molestaba a Alemania en gran medida, se encontraba en momentos de crisis muy agudos y de hecho hasta las propias instituciones estaban en peligro. Además, varios disidentes rusos pululaban por ahí como el amigo Ilich, con lo que la ocasión la pintaba calva. Si coges a un loco ideologista, le convences de que tendrá éxito y además le das los medios para conseguirlo, tienes la combinación perfecta.

Ya durante la propia revolución como tal la pérdida de vidas fue increíble. Si a eso sumamos las hambrunas generadas por Stalin más adelante, las masacres, los gulags, y etc., pues nos encontramos con entre 30 y 50 millones de muertos producidos de forma directa o indirecta por el régimen comunista ruso. Pero claro, sigamos sumando: entre otros 30 y 50 millones de muertos en la revolución china (que ha provocado el paraíso capitalista más impresionante que jamás veremos), entre la guerra como tal, la revolución cultural, la mini-revolución industrial previa de Mao… Y sigamos: los fallecidos en los regímenes comunistas asiáticos de Vietnam, Camboya (los jemeres rojos), etc… Sin contar con los regímenes africanos y americanos. En general, el comunismo ha sido lo que ha provocado, de forma individual y discreta, la mayor cantidad de fallecidos de toda la historia de la humanidad. ¿Dónde está la utopía aquí, pues?

Quiero recalcar lo que vengo diciendo desde el principio: el comunismo no es más que capitalismo con esteroides. Como se suele decir, el mayor éxito del diablo es hacernos creer que no existe. Durante décadas, el miedo a otra guerra nos ha hecho transfigurar la idea de que ambos conceptos eran antagónicos, pero como se evidencia por lo anterior, no es así. ¿Por qué generar tal mentira? Las razones pueden ser diversas, pero… ¿Cuál es el sueño de todo capitalista? Maximizar el beneficio minimizando los costes y riesgos. Alguno dirá que eso es lo que busca cualquiera. Y así es, pero en el caso del capitalista, recordemos cual es su objetivo principal: amasar capital. Para amasar ese capital, está dispuesto a arriesgar, pero el riesgo en occidente es demasiado elevado (al menos hasta ahora, ya veremos en el futuro próximo…). Si se puede crear un estado central muy fuerte que se rija por los criterios capitalistas con el mínimo riesgo (si hay que exterminar a sectores de la población, se hace sin miramientos, ya que los individuos sólo tienen valor en base a su trabajo en la comuna, y si no lo realizan actual o potencialmente, no sirven para nada), sería todo un paraíso para ellos (eso sí es una utopía alcanzable, lo que lógicamente hace que deje de ser una utopía, que por definición es inalcanzable). Así, tras el fracaso de la URSS, está China, que ha conseguido ser un éxito sin precedentes. Cientos de millones de trabajadores obedientes y acríticos, produciendo por una miseria, viviendo en condiciones que en occidente nos parecerían inhumanas, fabricando al menor costo posible e inundando de productos todo el mundo… Insisto, el sueño de un capitalista. Sobre Mao y la revolución cultural es posible que me meta en otro artículo más adelante, porque también tiene un historia independiente de intervención de tercer partido, en este caso la CIA, que merece un estudio propio.

¿Qué les queda pues a los comunistas occidentales que, de forma inocente y sincera, creen en esa utopía? Bueno, a decir verdad, hay alternativas. Lo primero es comprender que el ser humano es un ser autónomo, independiente, capaz de generar su propia subsistencia de forma personal sin depender de nadie. Cuando se entiende esto (es uno de los mitos del comunismo, ya que para el sistema estatista de izquierdas, los ciudadanos deben depender del estado de la forma más total y completa que es posible), uno se da cuenta de que el materialismo dialéctico que subyace al comunismo es una falsedad. Las cosas se hacen innecesarias y es más, uno puede tener sus propias cosas sin confrontación con los demás. El compartir, la solidaridad (algo eliminado del comunismo ya que es el estado quien reparte todo, por lo que los ciudadanos no deben preocuparse por algo tan trivial como compartir con los demás: quita tiempo de trabajar), la entrega a otros sin compromiso, la satisfacción de ser uno mismo quien gobierna su vida en todos los aspectos… Todos esos aspectos son ideológicamente eliminados el comunismo como una lacra. Como todo el mundo es “igual” (aunque como sabemos, en el comunismo había algunos que eran “más iguales” que otros), todos estos conceptos son inútiles por si mismos. Al existir una dependencia total y completa del estado, no tiene sentido que se ejerzan los más mínimos instintos solidarios de las personas. Además, se elimina lo que nos hace íntimamente humanos, que es nuestro espíritu vital, lo que genera además nuestro amor por los demás y nuestra capacidad de evolucionar como humanidad. La procreación es un mal necesario para ellos, y el amor y el cariño quedan relegados a la intimidad del individuo, no pudiendo mostrarse públicamente sin censura. Algunos comunistas acérrimos dirán que soy un exagerado, pero esa ha sido la experiencia en los regímenes comunistas más importantes, el soviético y el chino. Como se suele decir, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

El comunista puede decir que el capitalismo salvaje sigue existiendo. Así es. Y seguramente lo seguirá haciendo. Pero sólo hay que conocer al enemigo para luchar con sus mismas armas. El objetivo único del capitalista es amasar capital. Pues la lucha es en realidad muy sencilla: ellos harán todo lo posible para que tu compres, compres, compres y compres. Cuanto más compres, más amasan ellos. En una economía de mercado, la demanda debe guiar a la oferta, y no al revés (por mucho que a los de izquierdas les moleste, esto ya lo decía Adam Smith y como puede verse, sus acólitos modernos no es que le sigan mucho la corriente, la verdad). Actualmente ellos son capaces de crear necesidades inexistentes para conseguir que compremos sus productos, en su inmensa mayoría innecesarios o adquiridos innecesariamente. Eso nos tiene atados al trabajo ya que es la única forma de conseguir el dinero para comprar esos productos innecesarios. Llegamos al endeudamiento innecesario para poder conseguir esos productos innecesarios. El que se encuentra en esa vorágine (y en estos momentos, por desgracia, son muchas personas) entienden perfectamente lo que quiero decir. Bueno, ya que vivimos en una economía de mercado, hagamos lo que soberanamente tenemos derecho a hacer como demanda: dirigir la oferta. No comprar productos que no se necesitan para vivir es, en general, lo que más temen, porque sin el consumismo, su existencia se vería reducida a una mínima fracción de lo que es ahora. No se compre un coche cada cinco años, no se compre una casa pudiendo alquilarla, no compre comida basura y aprenda a comer productos naturales cocinados por usted (no compre nada que le perjudique y sustitúyalo por lo que le beneficie, en suma), gaste un poco menos en el ocio y dedíquelo a su familia y amigos, no adquiera “gadgets” innecesarios que usará dos veces y luego abandonará (por ejemplo, si tiene un móvil que reproduce mp3, no compre un reproductor de mp3). Si con una conexión de 6 MB tiene suficiente, no gaste más en una conexión de 50 MB. Estos son pequeños ejemplos modernos de lo que se puede hacer para luchar contra el capitalismo. Si todos o muchos de nosotros lo hacemos, ellos comenzarán a notar los efectos en su cuenta de resultados. Créanme, es la única forma de hacerles mal.

Las ideologías son tan tremendamente ilusionantes y atontantes que consiguen que personas que en estado normal puedan pensar críticamente y de forma racional sobre los problemas se conviertan en auténticos borregos de granja, dispuestos a cualquier cosa por su ideología. Cuando un individuo ideologizado consigue sustraerse de esa ideología, siente un descargo mental y espiritual impresionante. Como si le hubieran quitado un peso de encima. No lo digo solo por el comunismo. Esto se aplica a cualquier ideología o religión (que no deja de ser una ideología de tipo trascendental). Pero cuando el individuo se libera de una ideología (un ismo) que ningunea tanto a la persona como el comunismo, siente que vuelve a nacer.

Quisiera concluir con una aclaración y una reflexión. Quiero aclarar que aunque me he referido aquí muchas veces a la izquierda de forma negativa, no lo he hecho porque yo sea de derechas. De hecho, no tengo afiliación ideológica alguna (tampoco religiosa). Mi ataque a la izquierda está fundamentada, como haré notar en un próximo artículo. Quiero por último apelar a lo que nos hace humanos. Sé que este concepto se ha tergiversado mucho, y por eso mismo no quiero meterme en camisa de once varas. Lo que quiero es que cada uno reflexione y piense en lo que es él mismo como persona. ¿Eres un obrero? ¿Eres un oficinista? ¿Eres una empacadora? No. ERES UNA PERSONA. Eres un ser humano maravilloso con grandes talentos y muy especial. Te han estado diciendo lo contrario durante tanto tiempo que te has llegado a creer que no eres nadie, que eres sustituible, que eres eliminable. Y si no lo eres para mi, imagínate para tu familia y amigos. Todos somos seres increíbles cuyo mayor pecado es que no somos capaces de ver lo apasionantes que somos. Cuando empezamos a verlo, se abre ante nosotros un mundo totalmente diferente a nuestro alcance y nos damos cuenta de que por muy equivocados que estuviéramos, tenemos la oportunidad de comenzar de nuevo desde cero. Saludos, Amor y Paz.