Hacía unos días que no escribía y este es un buen momento para hacerlo. Zapas ha dicho que ya no quiere tragar más excrementos y le doy la razón: ya era hora, hermoso. Te ha costado lo tuyo. Pero bueno, ya has hecho el trabajo de tus amos, así que ahora puedes irte con una pensión vitalicia acojonante y con la posibilidad nada despreciable de que probablemente seas considerado el peor dirigente de la historia de esta “gran nación”… Y a tenor de esto, quería expresar mi opinión sobre la política, y la razón fundamental por la que dejé de creer en ella: no es más que otra forma de religión, pero sin un dios sobrenatural al que adorar. En al política, se adora al líder.

Existen en nuestro mundo de hoy tres formas religiosas principales: la primera es, lógicamente, la propia religión, de la que no voy a hacer mención porque es muy obvio y porque requiere mucho mayor estudio. La segunda es la política, tema con el que voy a sumergirme a continuación. Y la tercera es la ciencia, tema que trataré en otro momento más adelante. La religión política está basada en la adoración al líder. Se sustituye a Dios por un ser humano normal y corriente (más o menos) o por un grupo de ellos (con lo que de una religión monoteísta pasamos a otra politeísta), de manera que ellos obtienen su poder de la adoración de sus votantes (el equivalente a los beatos de la religión convencional). Cuantos más votantes, más poder, y de esa manera, se establece una lucha con otros dioses que tienen menos votantes pero que luchan por medio de la propaganda para obtener más. Los seguidores de cada religión (derecha, izquierda, centro, etc…) siguen a sus líderes allá donde van, les vitorean y piden sus favores, y de vez en cuando reciben respuesta. Los ven inalcanzables, como estrellas de cine (otra forma de deidad con la que me gustaría meterme más adelante), y creen en ellos y sus promesas como si de los cielos fueran recibidos. Estos dioses son desbancados por otros dioses que tienen sus propios seguidores y así continuamente. El campo de batalla, en vez de ser el espíritu de sus seguidores, es la democracia, concepto generado para crear la falsa ilusión de que los votantes tienen la posibilidad de elegir quien les gobierna, cuando en realidad sólo pueden elegir a unos determinados que ya fueron elegidos antes por entidades superiores (¿supra-dioses?), de manera que ellos siguen confiando en que ese campo de batalla es el mejor para sus intereses. Estos dioses crean normas morales y éticas (leyes) que les sirvan para que el sistema se auto-sustente de forma indefinida.

Esto, así dicho, puede parecer una exageración. Pero rogaría a los escépticos que me demostrasen que esto que acabo de decir no se aplica al 100% (y seguro que me dejo algo) a la política tal y como la entendemos actualmente (y no nos engañemos, tal y como se ha entendido toda la vida). Los políticos juegan a ser dioses y semidioses que consiguen sus deseos de poder por medio de la sumisión de los votos de sus seguidores, de manera que pueden ejercer ese poder durante un cierto tiempo. En realidad, la democracia se creó para que no fuera sólo un dios quien detentase el poder indefinidamente, sino para que este pudiera repartirse con el menor derramamiento de sangre posible por parte de los “elegidos” para ser Dios. Para ellos, es el único objetivo en esta vida. No hay otra opción. Su forma de vida es la de “dioses profesionales”, de manera que cuando dejan de serlo, queda su leyenda: tal presidente hizo esto, el diputado aquel hizo aquello, el ministro tal hizo cual cosa… Y esa leyenda queda en el inconsciente colectivo, tanto de los propios como de los ajenos, grabado a fuego, como si se tratase de historias legendarias al estilo “Señor de los anillos”. Incluso traspasa las décadas y se les sigue recordando incluso cientos de años después.

Pues sí, amigos, esto es la política. No es el arte del buen gobierno. Eso lo sabemos hacer todos y cada uno de nosotros. No hace falta que venga nadie a decirme como debo llevar mi vida. La política no es más que el arte de conseguir aborregar a millones de personas para alcanzar ese ansiado aunque temporal poder. De vez en cuando, algún aspirante decida que no quiere compartir el poder y habitualmente con una guerra civil o un golpe de estado se queda de forma permanente con él, pero claro, la propia levedad del ser impide que eso dure para siempre. Damos gracias, pues, que eso no pasa más a menudo, aunque en realidad ninguno de nosotros notaría gran diferencia. Es más, irónicamente hablando, al menos no tendríamos que aguantar cada cuatro años las chorradas de siempre. No hay mal que por bien no venga.

PD: con esto último no estoy defendiendo ningún tipo de dictadura. Simplemente quiero equilibrar las ideas “democráticas” como lo que realmente son: una dictadura disfrazada de libertad.