Borregos yendo a votar...

El título proviene de la expresión usada por el autor del Blog de Mino en esta entrada sobre la farsa de la democracia. Me llamó la atención en su momento y no está exenta de cierta ironía. La cuestión es que este año, desde hace tres, volvemos a tener “fiesta de la democracia”, y claro, aunque este no es un blog sobre política (al menos actual), no puedo dejar de volcar mis reflexiones al respecto, sobre todo porque veo que los blogs anti-sistema se están animando en este sentido. Lo que no deja de ser irónico, una vez más.

Particularmente, mi mayor preocupación es que gente que se dice anti-sistema anime a votar, como he podido comprobar recientemente. Esto tiene dos posibles causas: o el auto-denominado anti-sistema no entiende bien el funcionamiento de la democracia (especialmente en un país como el nuestro), o bien es un infiltrado. Personalmente prefiero la primera opción, pero no juzgo. La cuestión es que este desconocimiento sobre como funciona el sistema democrático es alarmante, especialmente entre quienes se dicen contrarios al status quo, lo que viene a indicar que realmente están en contra de algo que no entienden. Me gustaría aportar mi granito de arena en este sentido, ya que aunque vengo hablando de ello en el blog y en otros blogs de forma más o menos continua, no está de más resumir un poco y ver de qué trigos vienen estas pajas.

Hagamos un poco de historia. Remontémonos a hace aproximadamente 250 años. Estamos a finales del siglo XVIII y la ilustración está en boga en toda Europa (menos aquí, como de costumbre). El que me diga quien montó la ilustración se lleva un sugus. ¡Exacto! Bien hecho: la masonería. Prácticamente el total de los ilustrados eran masones, ya fueran pensadores, artistas, políticos, etc… La ilustración tuvo sus orígenes profundos y mayores representantes en Francia, uno de los bastiones de la masonería. Sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad cristalizaban en los salones de las cortes europeas de una forma sin igual. Hay que entender también que al siglo XVIII se le llamó “el siglo de las luces”. La luz es uno de los símbolos básicos de los masones, como metáfora de la inteligencia y la sabiduría. Para el que con razón se pregunte como era posible que en las monarquías absolutas se permitiera el florecimiento de este tipo de ideologías, la respuesta es muy sencilla: los reyes de esos países también pertenecían a la masonería y sociedades secretas afines. Y si no pertenecían, los toleraban porque servían a sus intereses. No es el objetivo de este artículo explicar el porqué de esto, lo dejo para otra parrafada, pero para quien no quiera esperar tanto, le puedo recomendar lecturas de Icke o Bramley, entre otros, que informan adecuadamente sobre estos asuntos. Pero volvamos al tema. La cuestión es que estos masones se llevaban batiendo el cobre para conseguir sus objetivos desde hacía ya unos cuantos años. Desde el siglo XVII (de hecho, rozando el siglo XVI) que surgieron en Escocia e Inglaterra (como descendientes de los cruzados), estos masones tenían un objetivo principal: destruir la monarquía autoritaria (también llamada antiguo régimen) para imponer un sistema basado en sus ideas comunales: libertad, igualdad y fraternidad. Esto, que suena tanto a revolución francesa (por razones obvias), es el fundamento de su sistema básico de creencias: los masones se consideran seres totalmente libres, iguales entre ellos y hermanos (por eso se unen en “fraternidades” o “logias” y se llaman a si mismo hermanos e hijos de la viuda, cosa en la que no me meteré ahora porque requiere más explicaciones de las estrictamente necesarias en este momento). Como no se le escapará al lector avezado, estos son los fundamentos de nuestros sistema social hoy día en occidente. ¿Qué cómo hemos llegado a esta situación? Bueno, a eso voy.

Los ilustrados conjeturaron que para poder imponer su sistema de cosas debían destruir el antiguo régimen, lo que no significaba destruir las monarquías como tales, ya que el concepto de monarquía en si no es contrario a la ideología masónica, sino sólo destruir aquellos regímenes que fueran contrarios a sus preceptos. Y gracias a un filósofo llamado Georg Wilhelm Friedrich Hegel, esto tuvo fácil solución. Este ilustrado pensaba que la Historia, desde el principio, se había movido básicamente por movimientos de enfrentamiento de contrarios. Es decir, siempre que la Historia se había movido en términos absolutos en alguna dirección, lo había hecho siempre por medio del conflicto: oposición de contrarios. Este enfrentamiento podía estar causado por una fuente necesaria o por un tercero (también llamado “tercer partido”), de forma que se consigue construir un sistema de “problema-reacción-solución”: es decir, primero se crea un problema de la nada, se consigue la reacción del público en un sentido determinado y se termina dando la solución al problema auto-generado con lo que se avanza en la agenda del que ha creado el problema. Un ejemplo típico sería cuando en una oficina, un empleado enfrenta a otro con un tercero para conseguir tener mejor acceso a la fotocopiadora, por decir algo, y después se presta a mediar entre ellos para solucionarlo, acordando de alguna forma que el tendrá más acceso a la fotocopiadora que los otros. A la escala necesaria, era imprescindible crear un estado de cosas que les permitiera tener su propio país. Así, miraron a América y las colonias inglesas. Estaban repletas, por no decir que totalmente controladas, de masones y de “buen linaje”: Washington, Jackson, B. Franklin eran sólo tres ejemplos de los muchos a destacar. De hecho, de todos los representantes de las colonias que decidieron aprobar la declaración de independencia sólo 3 no eran masones. Había que crear un problema para lograr la solución que querían: crear su propio estado masón. Así que generaron un problema donde no lo había: consiguieron de distintas formas que el gobierno inglés (masón por otro lado, esta aparente contradicción la explica David Icke en “…Y la verdad os hará libres“, y como todas las partes estaban implicadas en el conflicto) endureciera sus impuestos y sanciones contra las colonias para poner al pueblo en contra suya. Así, consiguieron levantar a la población contra sus supuestos “esclavistas” y generaron una guerra de la nada donde no había necesidad. El resto de la historia ya la dejo para el interesado. El caso es que lograron la independencia y su nación masona. ¿La revolución francesa? Exactamente la misma historia, sólo que esta vez el objetivo era un experimento más que un anhelo: destruir la monarquía para establecer un sistema republicano completo. El experimento consistía en saber que pasaría si se sometía a la gente a un conflicto de dimensiones bíblicas, donde la destrucción fuera total y absoluta, para hacer resurgir de las cenizas el nuevo sistema (el mito del fénix es también masón, y de las sociedades secretas anteriores a esta). Las dos revoluciones liberales son, por derecho propio, las revoluciones “masonas” por excelencia. Estos fueron los dos conflictos que han creado el mundo tal y como lo conocemos, ya que ambos terminaron siendo los orígenes de la democracia actual: la revolución americana fue la inspiración para prácticamente todas las revoluciones posteriores en América y África, y la francesa fue el origen de todo el sistema jurídico moderno en el mundo occidental.

Mafalda es grande (Quino también)

Y continuamos a partir de aquí. Con estas revoluciones se creó lo que se llama el “estado de derecho”, es decir, un sistema de leyes donde las normas son las regentes. Alguno dirá que no, que en democracia el regente es el pueblo. Iluso. Ahora explicaré porque esa es una forma muy inocente de pensar. Insisto: vivimos en un estado de derecho (como bien se encargan los medios y los políticos de recordarnos continuamente), y eso significa que vivimos en un sistema de leyes arbitrarias (todas las leyes humanas son arbitrarias, eso es lo primero que te enseñan en la carrera de derecho) que rigen nuestros destinos. Para que este sistema funcione, los ciudadanos tienen que aceptar vivir bajo ese sistema de normas, para lo que se crea el concepto de “contrato social”, proveniente de la ilustración: el estado promete proteger y servir a los ciudadanos a cambio de que estos acepten el sistema de reglas impuesto por este sistema estatal. Es un acuerdo justo, ¿no? Pues no tanto, porque implica que tú, sí o sí, debes acatar las normas (incluso aunque no las conozcas, lo que es fácil porque han tantísimas que nadie las conoce todas) a cambio de protección, y si no, te fríen (mmm… ¿No es eso lo que hace la mafia?). O si no, debes vivir fuera del sistema, pero sin cobertura alguna. Así, la mayoría acepta este orden de cosas porque es más cómodo que enfrentarse a él (cosa con la que ellos contaban). Pero además, la endulzan con lo de la libertad y la fraternidad, cosas que están geniales… Si fueran verdad. Es evidente para cualquiera que piense un poco en ello que no puedes ser libre en un sistema que para empezar te exige que cumplas sus normas, porque sólo serás libre en virtud de lo que te permitan esas normas. Pero como todo esto suena bien a la gente, pues ya está el plato en la mesa. Y para eso sólo hubo que matar a cientos de miles, sino millones, de personas en dos revoluciones. Que simpáticos estos masones…

Bueno, pero hay más. Este estado de derecho, para que se sostenga, tiene que funcionar de alguna forma, y para eso se inventó la democracia. Para dar base ideológica firme a la cuestión, se cacareó que estaba fundamentada en la famosa “democracia griega”, a la que se parece la nuestra en el blanco de los ojos: sólo podían votar los llamados ciudadanos, es decir, los hombres mayores de edad que no eran vagabundos y que pagaban impuestos, y que además eran griegos de nacimiento. Además, era una democracia directa: cada ciudadano votaba en el ágora después de escuchar a un monologuista que defendía una postura, y luego a otro que defendía la contraria. Además, tenían reglas curiosas, y el concepto de “idiota” proviene de la democracia griega: era el que no estaba interesado en los asuntos públicos, pero obviamente no tenía las connotaciones negativas actuales. Por supuesto, todo esto implicaba que ni los jóvenes, ni las mujeres, ni los esclavos, ni vagabundos ni extranjeros podían votar. Que gran democracia-basura. Pero bueno, vamos a lo que nos interesa, que es la que sufrimos nosotros hoy día. Cuando pensaron en el estado de derecho, pensaron en que las normas debían ser escritas y votadas de forma comunal (igualdad masona) y no por un líder único (el antiguo rey), con lo que necesariamente había que crear instituciones (concepto plenamente democrático) que permitieran realizar esto de forma válida, con lo que se crearon las antiguas asambleas y después los actuales parlamentos y congresos de representantes o diputados. Claro, se requería también un sistema de votos que permitiera aprobar esas normas. ¿Por qué hacen falta asambleas de representantes? ¿Por qué no hacemos como en la antigua Grecia? Bueno, ellos esgrimen una razón práctica que puede resultar bastante obvia: somos tantísima gente que hacer eso sería impracticable. Pero la razón no es porque seamos muchísima gente: la razón es que el sistema genera tantos subsistemas de normas diferentes y tan rápido, que exponer al público a su aprobación sería imposible. Hasta ahí estamos de acuerdo, pero… ¿Para qué es necesario generar tantas normas? Porque el estado de derecho requiere contemplar y regular todos los aspectos de la vida de las personas. Viva la libertad. A cambio de una supuesta protección que como sabemos no ocurre (vivimos en el mundo de las oportunidades, que traducido significa: “búscate la vida, chaval”), nosotros tenemos que bajar la cabeza y vivir esclavos de esas normas. Para que todo ello tenga una cobertura popular, se nos hace creer que la soberanía yace en el pueblo, lo que no es cierto. Por ejemplo, cuando el presidente del gobierno jura su cargo, lo hace jurando o prometiendo lo siguiente: “¿Juráis o prometeis por vuestra conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo… Con lealtad al Rey, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado?“. El presidente no jura o promete ser leal al pueblo, sino al rey y a la Constitución. Y esto es así en prácticamente cualquier democracia occidental moderna. Demuestra que el estado no está para proteger a las personas, a los ciudadanos, sino para ser leal a sus amos, el rey en este país y al estado de derecho, representado por la Constitución. Es más, hacerlo de otra forma sería ser tachado de “populista” y además contrario a la ley, con lo que se formaría un follón de tres pares.

El sistema democrático, como cualquier sistema político, está creado para la subsistencia y para desarrollarse sin cortapisas. Para poder elegir a los representantes que realmente mandarán sobre nosotros durante, digamos, cuatro años (me da igual que hablemos a nivel nacional, regional o local), hay que crear una cortina de humo que justifique su toma del poder, que se alterna cada X años para dar apariencia de que tenemos la capacidad de elegir los que nos representan (los que nos mandan de forma inopinada): es decir, que podamos elegir como queremos ser cocinados. Y para ello se instrumentaliza el concepto de elecciones políticas: un sistema organizado para ser tremendamente eficiente al sistema pero totalmente ineficiente para nosotros. Este sistema genera un gasto descomunal al estado central, supone un montón de beneficios para los partidos políticos (creados en la asamblea francesa original para agrupar las diferentes tendencias de los masones allí presentes), ya que no sólo reciben dinero del estado central por el mero hecho de tener representación en la asamblea (eliminando así posibles competencias de otros que no lo han conseguido), sino también de los bancos, que como es fácil imaginar están tremendamente interesados en todo esto, ya que después condonan la deuda de los partidos a cambio de favores, exige un esfuerzo muy importante de un gran número de voluntarios (pobres dormidos que ayudan a que se lleve a cabo bajo la creencia de que ayudan en algo, ya sean porque ayudan a su partido o porque simplemente son obligados por la ley a formar parte de las mesas), y por último genera una cantidad de conflicto interno en el país apabullante, como podemos “disfrutar” estos días en las calles y los debates de bar. Todo ello para nada, porque pase lo que pase, ganan siempre los mismos: la única diferencia entre ellos es que van de azul o de rojo, pero es el mismo perro con distinto collar: masones disputándose entre ellos el tinglado. A veces ganan unos y a veces otros, de esa manera se llevan todos bien y van alternando el ejercicio del poder. Fácil y divertido, ¿verdad?

Y no dejemos escapar el siempre fascinante recuento de votos y contabilización de los mismos. Básicamente, en España tenemos un sistema que ya nadie usa prácticamente en ningún sitio (tuvo cierta fama en el siglo XIX, pero se eliminó por ineficiente en la mayoría de los lugares donde se usó), que es el sistema D’hont. Este sistema, resumiendo mucho, viene a decirte: da igual lo que hagas, votes o quieras, al final ganará el que tenga una media mejor. Debido a como funciona este sistema, la gente de proviencias pequeñas (las llamadas circunscripciones electorales) tienen más peso en los congresos nacionales que las provincias grandes, pero lo mejor de todo es que votes lo que votes, al final no importa: no gana el que más votos consigue, sino el que tiene mejor media. Así, si entre todas las localidades de una provincia, tu media es mejor que la del más votado (porque en algunas localidades, el voto vale más que en otras, ya que siempre tiene que salir el mismo número de representantes de forma proporcional haya la gente que haya en esa localidad o provincia), ganarás en esa provincia o como mínimo obtendrás escaños. Así, se dan paradojas como que un partido consiga más votos pero menos escaños que otros, como ha pasado con Izquierda Unida en comparación con los partidos nacionalistas: ellos consiguen un escaño contra 10 de CIU, por ejemplo, aunque CIU tiene menos votos globales que IU. Este sistema se diseñó así para dar mayores posibilidades a los independentistas durante la redacción de la Constitución. Así, ser pequeño en Cataluña no es igual que ser pequeño, por ejemplo, en Sevilla. Así se contentó a los nacionalistas y se perjudicó a todas las demás opciones pequeñas. Eso explica porque a pesar de que la gente vota comunista, este partido y sus acólitos han ido perdiendo representación año tras año. Además, tu voto en blanco (por si has salido un poquito reaccionario) también vale en el conteo, y termina beneficiando a la opción mayoritaria (aunque baja la media de los partidos pequeños, con lo que tienen menos posibilidades de llegar a conseguir escaños).

Se critica la abstención porque ni ayuda a nadie ni se consigue nada de forma práctica porque en este país, se vote lo que se vote (o no se vote) siempre saldrá alguien. Eso es cierto, pero sí es una victoria: para ti. Tu mente estará tranquila y no beneficiarás a nadie que no quieras. ¿Qué el sistema seguirá funcionando? Sí, pero no con tu ayuda. Es la única opción factible para el anti-sistema. Ser sarcástico con esto sólo ayuda a que la gente no comprenda como funcionan las cosas y simplemente se realimente el status quo actual. Debemos ser conscientes de que vivimos en una gran mentira, en un circo donde nosotros ni siquiera somos los espectadores: somos los caballos usados en el espectáculo. ¿Cuánto tiempo vamos a seguir haciendo lo que nos dicen nuestros amos? Pensad en ello.

(Haciendo caso de la recomendación del colega Mino, he puesto algunas ilustraciones. Pero que no sirva de precedente… XD).