En el anterior archivo realizaba una introducción general al Cosmos como supra-entidad autocomprensiva de toda la realidad. Enumeré también las clásicas leyes herméticas o cósmicas, en tanto que reglas de funcionamiento del Cosmos y de todo lo que contiene. La primera de esas leyes es la de la mente universal, que además, tiene un doble significado: informa sobre la inteligencia del cosmos, y al tiempo, sobre la unicidad. Todo es Uno: el propio Cosmos.

En realidad, comprender el concepto de la unicidad es casi de cajón de madera de pino, que decimos en mi tierra natal. Si el Cosmos es todo lo que existe, necesariamente todo él y todo lo que contiene conforman una unidad en si misma. Si además tenemos en cuenta que el Cosmos per se es un agregado de energías, y esas energías en su fundamento son básicamente la misma, pero vibrando en frecuencias diferentes, entendemos mucho mejor el concepto de unidad. Imaginaros un lago enorme de agua. Toda ella está formada por una balsa enorme de líquido que además puede contener otros elementos, como peces y piedras. Pero llamamos lago a todo ello. No distinguimos el lago líquido del lago de peces ni del lago de piedras. Todo es un lago.

Suelo explicar este concepto usando la metáfora de la sopa energética. Imaginad un cuenco con sopa: caldo con cosas dentro, lo que más os guste. Observad bien la sopa: veréis que básicamente es un caldo pero en cuyo interior flota una cierta cantidad de fideos o granitos, o arroz, que están tanto en la superficie como dentro del caldo. Tanto el caldo como la energía fluyen. Las diferentes partes del caldo, tanto líquidas como sólidas, están suspendidas bajo unas reglas que les permiten funcionar como una unidad. De hecho, si pretendiéramos separar sus distintas partes lo tendríamos complicado, sobre todo cuanto más pequeñas se hacen. Quedarnos sólo con el agua original sería imposible, ya que la entropía (es decir, dificultad de ordenar un conjunto desordenado) crece cuanto más integrado está el elemento en su contenedor. Con la energía pasa lo mismo: cuando más sutil es esta energía, más difícil o imposible resulta diferenciarla del resto de energías. Por eso podemos distinguir la materia de otras energías, porque es lo suficientemente densa y poco sutil como para poder experimentar sus sensaciones. Así, podemos separar los fideos y el arroz del caldo, pero no dejan de ser parte de la sopa igualmente. Si consiguieramos introducirnos dentro de la sopa, nos daríamos cuenta de que no podemos distinguir nada diferente en su interior. Todo parece igual y nada cambia, todo fluye. La sopa es, en si misma, una especie de pequeño Cosmos líquido.

Pero además, cada punto de la sopa se autocomprende y comprende al resto. Es lo que se llama fractalidad. Los fractales son construcciones matemáticas que tienen la capacidad de que cada una de sus partes contiene la totalidad de la información del conjunto completo. Es decir, que cada porción del total tiene la capacidad de reproducir al total por si mismo. Ya es sabido que todo en la naturaleza es fractal, pero de lo que nos informa la fractalidad es que nosotros, como parte del Cosmos, somos el Cosmos en si. Nosotros contenemos al Cosmos. De hecho, cada célula de nuestro cuerpo es el Cosmos. Cada átomo de nuestro ser y de el resto del mundo material es el Cosmos, y a su vez, el Cosmos es cada uno de nosotros. Somos inseparables porque, en realidad, somos la misma cosa. El hecho de que nos veamos separados es una simple ilusión mental.

Nosotros somos, hasta cierto punto, los tropezones de la sopa cósmica. Debido a la interrelación que tenemos con la materia, nos cuesta o directamente nos es imposible distinguir el resto de las energías que nos acompañan. Un ejemplo de esto son las ondas electromagnéticas. Están atravesándonos constantemente: radio, televisión, wifi… Nosotros, a no ser que tengamos una especial sensibilidad, no nos damos cuenta de su presencia, pero están compartiendo constantemente nuestro espacio energético, aunque en una frecuencia vibracional distinta, y por eso no nos chocamos con ellas. Pero ellas entre si pueden, y de ahí que se formen interferencias y ruido. El hecho de que no podamos experimentar esas energías no implica que no estén ahí. Lo más que podemos hacer es usar algún aparato que interactue elécticamente con ellas y les permitan manifestarse en algún sentido.

Pero más complicado suele ser comprender el concepto de mente universal. La primera ley cósmica dice que todo el Cosmos es una infinita inteligencia que conforma una unidad. Desde nuestro punto de vista de seres materiales con algo de inteligencia, intentar comprender como un infinito ser de energía es inteligente escapa totalmente de nuestras capacidades. Pero en realidad, para comprender este concepto no hay que irse muy lejos: sólo tenemos que mirar dentro de nosotros. Somos seres inteligentes, y por lo ya dicho, parte del contenido cósmico. ¿Quién le da la inteligencia a los seres sintientes, tanto de este plano como de los muchos otros? Y esta es otra pregunta aún más extraña: ¿de verdad hay otros planos de consciencia? ¿Cómo se manifiestan? ¿Y por qué no podemos experimentarlos? Estas preguntas hacen que uno se cuestione si de verdad todo esto es real, pero en realidad, no son tan difíciles de contestar. Todo es una cuestión de perspectiva.

Aunque no es lectura ligera, recomiendo “Sivainvi” (Valis en el original), de Philip K. Dick. Es probablemente el libro más esotérico de la ciencia ficción. En el, el protagonista, Amacaballo Fat (el mismo Dick, en realidad, ya que todo el libro es un conjunto de pensamientos filosóficos y transcendentales del autor) recibe transmisiones de un ser llamado Sivainvi que le envía un rayo cósmico que, según él, le ha proporcionado una inmensa cantidad de información. Él comparte esta información con sus amigos en el libro, y básicamente es una búsqueda de los transcendental por medio del cambio y la transformación interior. En este libro, Sivainvi (que son las siglas de “SIstema de VAsta INteligencia VIva”) queda asociado al concepto de mente cósmica, universal, que lo comprende y lo entiende todo. Insisto, no es un libro sencillo de comprender y seguir, pero es un compendio impresionante de ideas espirituales y esotéricas que para el iniciado puede ser de una utilidad importante. Y para el interesado, la continuación sería “Radio Libre Albemuth”, más ligero pero con contenido semejante. En este caso, es una especie de satélite artificial (o eso cree el protagonista) el que me manda información. En temas esotéricos, los no iniciados se pueden sorprender de donde viene la información, aunque en realidad mayormente es la intuición funcionando, si se le deja trabajar.

Un concepto que creo que es importante comprender es el de mapa. Todos sabemos lo que es un mapa. Un mapa nos permite conocer un área de terreno, de manera que nos permite decidir a donde queremos ir y cuanto nos costará. Pero desde el punto de vista espiritual, el mapa es algo más abstracto, y requiere cambiar la perspectiva. El mapa es, al fin y al cabo, una representación de la realidad. Es decir: no es igual un mapa dibujado por un niño de su calle, que el mapa que nos muestra Google Maps, por decir algo. El detalle y la información que aporta el mapa digital es mucho más rico y evidente que el mapa infantil. Pero para el niño, su mapa es mejor, porque muestra las cosas que el quiere mostrar. Lo que quiero decir con esto es que, dependiendo de nuestro “mapa”, el nivel de información y detalle y, por tanto, nuestra capacidad de decisión será directamente proporcional al detalle de ese mapa. Si nuestro mapa se restringe a la ciudad donde vivimos, y no sabemos lo que hay mucho más lejos, evidentemente no podremos saber lo que ocurre en el país de al lado y mucho menos en la otra punta del mundo. Pero la sociedad de la información ha ampliado nuestro mapa. De repente, nuestro “cosmos particular” ha pasado de una cuantas casas a permitirnos la comunicación con un japonés, por ejemplo. Y en tiempo real. En el mundo espiritual pasa exactamente lo mismo: si nuestro mapa mental solo cubre el mundo físico y material, no podremos apreciar lo que hay más allá. Como ya indiqué en el archivo anterior, de hecho, nuestra representación de la realidad material no es más que una invención de nuestro cerebro. Así que, ¿pueden existir otros planos de conciencia distintos del nuestro? Podéis darlo por hecho. Un ejemplo típico son los diferentes planos de consciencia de una planta, un perro y un humano. No sabemos como piensan y sienten esos otros seres, pero lo que sí sabemos es que no lo hacen como nosotros. Están en planos distintos y, aunque podemos apreciar su forma física, no podemos hacerlo con su plano mental y espiritual. Considerad este hecho: nosotros tenemos una empatía natural entre nosotros como especie y con los mamíferos porque algo en nuestro cerebro (una mutación que sólo poseen los mamiferos) nos permiten entender como se siente otro ser semejante a nosotros. Podríamos decir que esa mutación permitió a nuestra mente (un intermediario nuestro) interactuar mentalmente con otros seres semejantes, de manera que podemos comprender sus sentimientos e inquietudes.  Imaginad ahora un ser en otro plano de consciencia que nos ve a nosotros como nosotros vemos a nuestro perro. ¿Radical? Sí, pero, ¿imposible? No.  El que nosotros no entendamos que exista esa posibilidad no significa que no sea real. Otra forma de verlo es el clásico ejemplo del pez en el agua. El pez se mueve en el agua, vive en el agua, se va de farra con sus colegas en el agua… Pero cuando sale fuera, no entiende qué pasa, intenta volver de nuevo a su elemento, no puede vivir fuera de él… ¿Realmente es consciente de que vive en el agua? Cuando sale del agua descubre que hay otro medio distinto fuera del agua, del que antes no tenía conocimiento. Podemos tomar dos perspectivas aquí: pensar que el pez realmente si sabe que vive en el agua, y al revés, que no lo sabe. Si lo sabe, intuirá con toda probabilidad que es posible que haya otro espacio o plano donde no haya agua (ley de la dualidad), y se preguntará sobre su existencia. Pero si no lo sabe, ni siquiera se preguntará acerca del medio donde vive. Esos dos peces tienen distintos mapas mentales sobre su existencia. Y así mismo les pasa a los humanos: los hay despiertos que saben en que medio viven y otros que están dormidos que no lo saben. Pero la diferencia entre ambos es que unos podrán pensar en esos otros planos e incluso intentar alcanzarlos, y los otros no.

Nuestra integración con el Cosmos es el signo primordial de nuestra sabiduría

Nuestra inteligencia proviene del Cosmos, y al mismo tiempo, nuestra capacidad de comprenderlo proviene del hecho de saber usar esa inteligencia. Carl Sagan dijo con mucho acierto que somos el Cosmos intentando comprenderse a si mismo. Esto deviene en que somos capaces de comprendernos a nosotros mismos de una manera más o menos eficiente, pero eso dependerá siempre de nuestra capacidad de usar nuestra inteligencia, es decir, de nuestra sabiduría. Sobre esto dedicaré un artículo más a fondo, sobre todo cuando me meta con la mente y su significado. Pero con lo principal que nos debemos quedar es con el hecho de que, efectivamente, nuestra inteligencia proviene de nuestro espíritu, no de nuestro cerebro. El cerebro no es más que un órgano sensorial tremendamente grande que nosotros usamos para experimentar el mundo. Todo nuestro ser, tanto la parte física como la mental y la espiritual, es pura energía, vibrando de diferentes maneras, y comprender esto es el primer paso para intentar comprender el Cosmos. Intentar comprender el Cosmos sólo desde un punto de vista físico es un craso error, y por eso la ciencia se estrella tantas veces al intentar comprender la realidad tal cual es. Cuando observa algo que no cumple sus reglas materiales, lo desecha, por lo que necesariamente nunca podrá explicar la realidad al completo. Al menos la ciencia que nos llega a nosotros, claro.

Como he indicado, el Cosmos está formado por innumerables energías vibrando de forma diferente las unas de las otras. Nosotros podemos interactuar con el mundo físico porque nuestra vibración sintoniza con el ADN, y después, el mundo físico interactua entre si gracias a que es un mundo eléctrico. A su vez, otras muchas energías interactuan con nosotros de muy diferentes formas, por medio del calor, por medio de la interacción eléctrica, sintiendo sus características como les pasa a lo que son sensibles a las ondas electromagnéticas, o como en algunos casos pasa con los humanos (pocos) que pueden ver luz infrarroja, por ejemplo. Todas esas energías, como nosotros, forman parte de la misma sopa cósmica y cumplen siempre las mismas reglas, de manera que conociendo las reglas podemos conocerlas también a ellas, incluso si no podemos experimentarlas directamente. Esas energías a su vez generan vibraciones que se expanden por su entorno energético. Así, como veremos en otros archivos, las emociones y los sentimientos, así como los pensamientos, son vibraciones energéticas emitidas por nosotros tanto de manera consciente como inconsciente, y generan en nosotros y en nuestro entorno múltiples resultados. Esas vibraciones también son inteligencia del cosmos energético, y nos afectan a nosotros y a todo el resto, y tienen la capacidad de repetirse y volver. Como veremos, este es el fundamento subyacente a la ley de causa y efecto (más conocida como de atracción) y su consecuencia, el karma.

Comprender la mente cósmica no es tan difícil, en realidad. Sólo hay que dialogar interiormente con uno mismo para darse cuenta de nuestra integración con el Cosmos. Es una experiencia personal e irrepetible para otras personas si no llegan al nivel necesario de interiorización. Eso hace que los que no lo consiguen a la primera o los que ni siquiera lo intentan tilden la espiritualidad de chanchullismo y engaño manifiesto. Están desintegrados del total energético y eso a su vez les produce desazón. Tal vez lo consigan algún día, pero ese día aún no ha llegado. Pero para los que ya lo sentimos, es una experiencia y sensación irrepetibles, y de felicidad completa.