Aprendí dos cosas de mi profesora de yoga: observar sin juzgar y sentir sin esfuerzo. Estas dos verdades que subyacen al yoga también lo hacen al devenir de la vida. Y comprenderlas es ante todo una exigencia si se quiere realmente vivir. Os acompaño un breve relato hindú que he encontrado recientemente en una lista de correo:

El discìpulo llegò hasta el maestro y le dijo:

-Guruji, por favor , te ruego que me impartas una instrucciòn para aproximarme a la verdad. Tal vez tù dispongas de alguna enzeñanza secreta.

Despuès de mirarle unos instantes el maestro declarò:

-El gran secreto està en la observaciòn. Nada escapa a una mente observadora y perceptiva, ella misma se convierte en la enseñanaza.

-¿Què me aconsejas hacer?

-Observa -dijo el guru-. Sièntate en la playa, a la orilla del mar, y observa como el sol se refleja en sus aguas. Permanece observando tanto tiempo como te sea necesario, tanto tiempo como te exija la apertura de tu comprensiòn.

Durante dìas, el discìpulo se mantuvo en completa observaciòn, sentado a la orilla del mar.Observò el sol reflejàndose sobre las aguas del ocèano, unas veces tranquilas, otras encrespadas. Observò las leves ondulaciones de sus aguas cuando la mar estaba en calma y las olas gigantescas cuando llegaba la tempestad. Observò y observò, atento y ecuànime, meditativo y alerta. Y asì, paulatinamente, se fue desarrollando su comprensiòn. Su mente comenzò a modificarse y su conciencia a hallar otro modo mucho màs rico de percibir.

El discìpulo, muy agradecido, regresò junto al maestro.

-¿Has comprendido a travès de la observaciòn? -preguntò el maestro.

-Si -repuso satisfecho el discìpulo-. Llevaba años efectuando los ritos, asistiendo a las ceremonias màs sagradas, leyendo las escrituras, pero no habìa comprendido. Unos dìas de observaciòn me han hecho comprender. El sol es nuestro ser interior, siempre brillante, autoluminoso, inafectado. Las aguas no le mojan y las olas no le alcanzan; es ajeno a la calma y la tempestad aparentes. Siempre permanece, inalterable, en sì mismo.

-Esa es una enseñanza sublime -declarò el gurú-, la enseñanza que se desprende del arte de la observaciòn.

El maestro dice: Todos los grandes descubrimientos se han derivado de la observaciòn diligente. No hay mayor descubrimiento que el del Ser. Observa y comprende.

Este relato puede parecer trivial y sin sentido a muchas personas. Aparentemente, todo lo que ha aprendido el discípulo después de días de observar y observar es que el solo se levanta todos los días encima del agua y no se moja. La enseñanza que aprendió el alumno es que nosotros somos un ser de luz que cada mañana amanece y es inalterable, siempre el mismo, surge victorioso cada día y cada noche duerme, aunque no duerme. El entendió eso mirando el sol, pero observando cualquier otra cosa, y no sólo con la vista, sino con los sentidos, podemos encontrar sentido a todo en la realidad en que vivimos. Sólo hay que observar, sin prejuzgar, sin pensar, sin realizar elaboraciones racionales e intelectuales. Sólo mirar. Sólo entonces se comprende la verdadera esencia de las cosas. Esa esencia puede enseñarnos muchas cosas, pero, si ni siquiera nos detenemos un momento a realizar tal observación, ¿cómo pretendemos comprenderla? Podemos diseccionar cada cosa que existe, hacer todos los rituales y experimentos que queramos, y no entender absolutamente nada del Cosmos. Además, observar sin prejuicio puede ser un ejercicio difícil para el no practicante. Pero la visión que podemos obtener del mundo real se enriquecerá y nos permitirá sumergirnos en todo un nuevo mundo de posibilidades. E insisto: observar no se hace sólo con la vista, sino con todos los sentidos.