Mientras vendan las heridas de los acampados (he rezado estos días para que no hubiera mayores consecuencias), me entero también de que han malvendido una buena parte de la Lotería a los Rothschild. Este festival de ventas (ya sabéis, empezaron con el espacio aéreo, verdadera causa de lo que ocurrió el año pasado con los controladores), va a tener consecuencias en el futuro. España ya está malvendiendo a sus acreedores sus pocas cosas de valor, y antes de que nos hagan un ERE a todos, están terminando de hipotecar nuestro futuro. España, en muy breve plazo, estará tan debilitada económicamente que seremos básicamente propiedad de los bancos.

Hay que hacer un poco de historia para entender esto. Como explica Mario Conde en su libre “El sistema”, la cosa viene ya de bastante atrás, de la época franquista. Cuando los nacionales ganaron la guerra civil, era evidente que España era un país totalmente arruinado. no ya por la guerra, que es obvio, sino por los siglos previos de desidia que nos llevaron a ser un país tercermundista al lado de nuestros colegas territoriales. España siempre ha sido un querer y no poder, y no podemos echarle la culpa siempre a los gobernantes de nuestros problemas. Pero en eso me meteré luego. La cuestión es que teníamos una debilidad económica sistémica a todos los niveles y Franco y sus acólitos se propusieron solucionar ese problema de alguna forma. Sin embargo, pasaron los años y los cuarenta fueron un fracaso total. Los cincuenta fueron los años de los planes quinquenales y fue cuando se comenzó a esbozar lo que Conde llama la “inteligencia ortodoxa” (dicho en términos más comunes para nosotros, la élite), que básicamente estaba formada por la burocracia de alto nivel del régimen, que estaba constituida sobre todo por los “desheredados” de la república: los terratenientes y la nobleza, que habían recuperado sus privilegios y una vez más formaban parte de la primera línea del país. De ahí surgieron numerosos escándalos de corrupción, pero bueno, nada que no hayamos visto ya. La cuestión es que cuando el régimen fascista cayó, esa inteligencia ortodoxa… ¡Siguió estando en las mismas manos! Recordemos que los primeros gobiernos democráticos españoles estaban formados principalmente por gente proveniente de ese antiguo régimen: ministros, altos funcionarios, etc… Algunos dirán que esa élite desapareció con la llegada de los socialistas, pero nada más lejos de la verdad. De hecho, para esa élite, era lógico que los socialistas ganasen (estaba en sus planes), y como señala Conde en su libro, lo esperaban y habían tomado muchos elementos ideológicos del socialismo durante los años previos. Es lógico, por tanto, que al llegar González y compañía al poder, todo siguiera básicamente igual. Durante los años previos, durante y después de la transición, esta élite había estado preconizando lo que tendría que ser el futuro de la economía española, y el objetivo principal era convertir a este país en un lugar interesante para hacer negocios, lo que en términos generales significa que nos iban a convertir en una república bananera en el sur de Europa. Cuando a un hombre de negocios le oigáis eso de que “hay oportunidades de negocio”, tened por seguro que se está refiriendo a que va a intentar arrasar con todo.

Continuemos. Para ello, era imprescindible que le élite económica y financiera internacional quisiera hacer negocios en España, y para eso, y aunque pueda parecer paradójico, era necesario destruir el tejido industrial del país. ¿Por qué? Porque nuestro tejido industrial era en su sustrato muy deficitario. Y hay que decir que por aquel entonces había tejido industrial: hay que recordar que los fascismos basaban el crecimiento de un país en sus industriales: los nazis en diversas industrias como la armamentística, la química, la automovilística, etc…, los italianos en la automovilística y la del metal, sobre todo, y los españoles tres cuartos de lo mismo más o menos. Los industriales eran, básicamente, la piedra angular del país. Sin embargo, los no fascistas basaban sobre todo su crecimiento en la deuda financiera, a pesar de que también tenían fuertes bases industriales. Todo esto nos lleva a que en los países “democráticos” eran más relevantes tanto a nivel político como social el toque financiero, mientras que en los fascistas lo era el proceso de manufacturación y el trabajo y beneficios que eso generaba. Entenderéis ahora que la “inteligencia ortodoxa” nacional decidiera que si queríamos ser financieramente interesantes para los países guays (los “demócratas”), teníamos que destruir nuestro tejido industrial para pasar a dar más importancia al crecimiento económico basado en la deuda. Así, España se convertiría en un sitio “guay” para hacer negocios. Pero continuemos, porque aún hay más.

Todo esto no se podía hacer en condiciones si no se generaban las situaciones propicias. Era obvio que hacía falta destruir el tejido empresarial, pero para eso tenía que estar ahí alguien que lo pudiera hacer con convencimiento. Nadie se imaginaba a Suárez eliminando empresa pública y reconvirtiendo el metal, más que nada porque provenía del antiguo régimen y no estaba en sus planes. La élite, siempre lo he dicho, es una entidad paciente, y no le importa esperar lo que haga falta para conseguir sus objetivos. Cuando ganó el PSOE en 1982, fue el momento adecuado. A los socialistas no les iba a temblar el dedo de comenzar a realizar las reformas necesarias que fueran desamortizando el país poco a poco. Así, comenzaron a sucederse las reconversiones industriales, forma fina de decir que estaban desarticulando el tejido empresarial español. Al mismo tiempo los bancos comenzaron a tener una importancia no vista antes en este país, cosa de la que Conde fue protagonista al hacerse con el control de Banesto en 1987. Al no provenir de la élite, se daba cuenta en tercera persona de lo que pasaba y lo reflejó en su libro en 1993, ya condenado por el caso Banesto. Durante esos años, se percató de la forma de funcionar de “El sistema” en España, y no es nada agradable. La máquina siguió funcionando aún con Aznar, que siguió privatizando (y por tanto mandando al garete, ya que de forma privada muchas empresas públicas no tenían forma de sobrevivir) multitud de empresas de titularidad pública. Al tiempo, sacó también la ley que básicamente llevó a la burbuja inmobiliaria que hemos vivido, para pagar los favores a sus amigos constructores. Y ahora estamos como estamos, con buena parte de la sanidad privatizada, con medio espacio aéreo prometido a empresas extranjeras y ahora la lotería, entre otras cosas. Un 30% nada menos que para los Rothschild, los enemigos públicos números Uno del mundo. Esa es la familia más poderosa del planeta.

Lo que está pasando, en términos generales, es que nos están partiendo en cachitos y vendiendo al que quiera comprar, con la excusa de tener líquido. Pero no, amigos, no vamos a tener líquido. Seguimos basando nuestra economía en la deuda y de hecho, los 7 mil millones que van a pagar los Rothschild son eso, dinero deuda, porque no existe. Tenemos que darnos cuenta de que estamos vendiendo nuestro país por humo, y mientras siga ocurriendo, simplemente estamos pasando a manos de unos amos insidiosos. Como en los tiempos de los esclavos negros, donde se compraban y vendían por pagarés. Esto terminará de la siguiente forma: cuando prácticamente todo sea de titularidad privada y sólo queden algunos rescoldos públicos (básicamente sanidad y educación, y no todo, ya que el resto se va a privatizar), nos habremos convertido en una especie de país privado donde básicamente seremos trabajadores al servicio de los amos capitalistas. No seremos ciudadanos libres, aunque claro, ahora tampoco lo somos, pero al menos tenemos la ilusión de serlo. España se va a convertir en la nueva China europea, junto tal vez con Grecia y Portugal, y posiblemente Italia. Sueldos cada vez más bajos, jornadas laborales infinitas, pobreza extrema… ¿Que lo veis lejos? Actualmente hay millones de personas por debajo del nivel de pobreza, una clase media inexistente, unas divisiones entre clase trabajadora y clase alta como hacía décadas que no se veían, y graves problemas estructurales. Nos han hecho creer que eramos un país rico cuando hemos estado subsistiendo en base a las ayudas europeas, sin las cuales hoy día no tendríamos ni carreteras. Nos ha tenido que invitar a los mayores eventos políticos del planeta porque no damos la talla ni para estar entre los 20 primeros. Y Zapatero & Company están ahora mismo ya devolviendo los favores a la élite internacional y nacional.

Es lógico que haya indignados, y debemos estar indignados, pero la indignación se manifiesta mucho mejor por medio del desprecio, no de la protesta. La protesta, el conflicto al fin y al cabo, sólo alimenta al sistema, como hemos visto recientemente en Barcelona. Como indicaba en mi último artículo al respecto, creo que la mejor manera de luchar contra este sistema injusto es, precisamente, a través del desprecio: no pagar impuestos, no seguir las leyes, vivir nuestra vida de forma libre y voluntaria… El desprecio, amigos, es la mejor manera de mandarles el mensaje de que hasta aquí hemos llegado, que este es el final del camino. Mientras sigamos haciéndoles aprecio, votando sus elecciones, vitoreando su fútbol, comentando sus belenes estebán, no saldremos de aquí jamás. Si hay que hacer una revolución, que sea la del desprecio. Y para eso, hay que revolucionar primero el propio interior. ¿Quién de vosotros está preparado para la revolución interior?