Acabo de leer una frase en el Twitter que me ha impulsado a escribir este artículo:

Algunos encuentran la fuerza para hacer lo que quieren y otros sólo esperan a ver que les sucede.

Hasta mi despertar, yo era bastante procastinador con mis tareas. Un dejado, vamos. Y aún después, me costó despegar. Hoy, después de tres días de duro trabajo con un proyecto que estamos sacando adelante, he visto que a pesar del esfuerzo y del cansancio, me siento bien haciendo lo que hago. Antes, hace tiempo, hubiera rezongado y atrasado todo lo posible mis obligaciones. Lo que me ha recordado una característica del despierto: el talante. El despierto no es desidioso, no se abandona ni abandona a los demás. Esta siempre dispuesto para la acción y preparado para el compromiso. Porque precisamente es el compromiso lo que mueve al despierto. Compromiso con los que le rodean, con lo que promete y con lo que se predispone. No deja nunca sus obligaciones excepto que le sea imposible realizarlas, y aún así seguirá intentándolo hasta que no tenga fuerzas. Y cuando trabaja para conseguir sus objetivos, y cuando los consigue, se siente satisfecho porque se ha comprometido y ha cumplido sus compromisos. Para el despierto, el compromiso es la fuerza del ser, es lo que le impulsa a hacer lo que hace porque ha concordado con otro espíritu (incluido él mismo) en una tarea y su máximo empeño está en realizarla y hacerlo bien. Y si no, hierve de ira consigo mismo por no haberlo conseguido, porque ha fallado al otro. Todos estamos conectados, todos somos la misma cosa y cuando no cumplimos con los demás, no lo hacemos con nosotros mismos. El cobarde lo es por partida doble.

El ser, la energía vital que nos impulsa a continuar, es parte de nosotros, y no podemos desoir su llamada cuando esta se realiza. Porque si lo hacemos, nos estamos abandonando a nosotros mismos y morimos poco a poco. En el compromiso está el sacrificio, como ya he comentado en alguna otra ocasión, e inevitablemente, cuando realizamos un sacrificio, el que sea, por los que están a nuestro alrededor, nos sentimos felices, siempre y cuando nuestra perspectiva sea espiritual. Para las personas materialistas, el sacrificio no sólo no es deseable, sino innecesario. ¿Para qué vas a sacrificarte por otros si ellos no se van a sacrificar por ti? Pero ahí está el verdadero valor del sacrificio: en no esperar nada a cambio. ¿Qué sacrificio es ese cuando tiene recompensa? Para eso, no salgas de casa. El sacrificio es la forma en que se manifiesta la fuerza del ser, porque el ser espiritual es abnegado y totalmente ajeno a si mismo. Los materialistas dicen que eso es mentalidad de esclavo, y yo digo que no: eres un esclavo cuando haces lo que te dicen, no cuando sigues los mandatos de tu alma y tu corazón. Entonces eres libre porque sea como sea sólo te obedeces a ti mismo. Puedes equivocarte, posiblemente, y eso forma parte de la experiencia de vivir, pero mientras sólo te obedezcas a ti mismo, no hay otra salida que vivir de forma coherente con el propio destino y el destino es el objetivo que uno mismo se crea con cada pensamiento, cada segundo. El despierto no espera nada de los demás. No espera agradecimiento ni recompensas. El despierto hace porque debe, y que el que no hace lo que debe, crea karma, como dice el viejo dicho tibetano.

Levantarse por la mañanas a veces es duro, pero cuando sabes que te espera un maravilloso día de nuevas posibilidades y expectativas, de nuevas realidades y sorpresas, es un día estupendo para el ser espiritual. Sólo los materialistas desesperan ante un nuevo día, en el que saben que todo va a ser gris oscuro, ya que puede que no les reporte ningún beneficio personal. Para el despierto, el mero hecho de inspirar oxígeno, sentir como recorre sus vías respiratorias, como se esparce por su cuerpo y luego expulsa los desechos sintiendo como golpean sus alvéolos hasta salir afuera es alcanzar el máximo de felicidad en ese instante. Vivir es vivir con talante. Es la fuerza de la vida.