Uno de los debates habituales que suele haber con otros despiertos es la capacidad de los dormidos para entender que lo están y tomar decisiones, vamos, lo que comunmente se denomina “libre albedrío”. Este debate requiere de un profundo conocimiento de ciertas cuestiones que al menos me gustaría vislumbrar aquí y que creo que son sumamente importantes. La capacidad de decidir es, para los despiertos, la máxima expresión de libertad, pero para los dormidos, como los cientifistas suelen decir, es una ilusión. Y razón no les falta en realidad. Vamos a ver porqué.

¿Qué es el libre albedrío? Podríamos ser reduccionistas y decir que es tener capacidad de elección (libertad de elección, dicho de forma más populista), pero sólo esto no define el libre albedrío. Poder decidir entre dos o más cosas no parece ser tener libertad para hacerlo. Habitualmente, consideramos tener diversas opciones a nuestra disposición cuando, en general, sólo tenemos un número finito prefijado por alguna otra entidad (padres, profesores, jefes, empresas, gobiernos, bancos, etc…) que restringe esa capacidad en virtud de que sólo podemos elegir las opciones que nos dan, cuando, si miramos con la perspectiva correcta, siempre hay muchas más opciones que simplemente no están a la vista (y cuando eso pasa, generalmente no las tenemos en consideración, sobre todo por desconocimiento). En virtud de eso, es obvio que no hay libre albedrío, porque lógicamente deberíamos poder decidir libremente entre todas las opciones sin límites, incluso si no las tenemos delante. Pero esta es la primera cuestión a considerar, y esto nos lleva a la siguiente cuestión relevante: ¿es posible el libre albedrío sin conocimiento?

El conocimiento nos permite, como su nombre indica “conocer”, comprender, entender las cosas. Sin el conocimiento, no es posible tomar decisiones, ya que una decisión siempre está fundamentada por un conocimiento a priori (obtenido previamente y analizado previamente a la decisión, o al menos concomitantemente, pero siempre previo a la toma de la decisión en si misma). Si no tenemos el conocimiento a priori, o al menos la forma de conseguirlo previa a la decisión, es imposible tomar decisiones, ya que lo único que hacemos es, simple y llanamente, generar comportamientos al azar, ya que no tenemos una causa inicial en la que fundamentarlas. Así, la mayoría de nosotros tomamos decisiones no fundamentadas en conocimiento previo, y de eso resultan desenlaces totalmente azarosos que suelen resultar en diversos problemas derivados de nuestra falta de capacidad de elección. Así, cuando nosotros creemos tener la capacidad de decidir algo, simplemente estamos ejerciendo nuestra voluntad, no nuestra libertad de elección, que no es lo mismo (la voluntad es generalmente la imposición de un deseo o querencia). De todo esto resulta que el humano en general es básicamente una máquina de voluntades acrítica, porque obviamente, sin el conocimiento previo es imposible el criticismo, y por tanto, la posibilidad de discernir entre las posibilidades que tenemos delante o incluso otras que pueden derivarse del procesamiento del conocimiento previo. La conclusión final es que, efectivamente, los dormidos no tienen libertad de elección, y eso es aprovechado por el sistema para impedir, precisamente, que consigan despertar.

Los despiertos tenemos un conocimiento (influenciado por nuestro mapa mental) que nos permite tomar ciertas decisiones. Los despiertos hemos sentido ciertas cosas que los dormidos no, o que sólo han sentido intermitentemente y a lo que no han prestado atención. Ese conocimiento es el que nos ha permitido despertar. Pero aún así, no estamos libres de pecado. El ejercicio del libre albedrío requiere de un elemento más sin el cual está cojo: la responsabilidad. Cuando tomamos una decisión, debemos ser plenamente conscientes de las consecuencias que acarreará esa decisión, tomarlas para nosotros y ser responsables ante ellas. Eso es ser maduro. Evidentemente, todos, despiertos o dormidos, podemos errar en nuestras decisiones, aunque es menos probable en el caso de los despiertos, por tener mayor conocimiento. Errar es humano, y no es malo, siempre y cuando aprendamos de los errores pasados y no volvamos a repetirlos. En eso los dormidos tienen un handicap: al no tener el mismo conocimiento que los despiertos, es más fácil que vuelvan a “tropezar con la misma piedra”, cosa que habitualmente pasa. Pero esto es simplemente consecuencia de que no son conscientes de la realidad, lo que no es una excusa, pero es lógico que sea así. Y aquí podemos sumergirnos en el problema de la perspectiva, aunque esto quiero tratarlo en otro artículo más adelante con profundidad. El problema de la perspectiva se enuncia de forma simple, aunque luego no lo es tanto: cuando tienes la perspectiva correcta no hay error. La perspectiva correcta siempre te muestra el camino correcto y te permite comprender de forma clara y precisa lo que ocurre en un caso dado. El problema (de ahí la cuestión) es encontrar la perspectiva correcta, pero como digo, lo dejo para otro artículo.

La responsabilidad es el elemento final indispensable en lo que se refiere al libre albedrío. Sin la responsabilidad, nos quedamos con lo que nuestras abuelas llamaban “libertinaje”, es decir, un simple ir y venir absurdo en el que no hay un objetivo concreto y que, generalmente, suele terminar mal. Cuando no nos responsabilizamos de las decisiones tomadas, perdemos el privilegio del libre albedrío porque simplemente hemos tomado decisiones de forma azarosa, movidos generalmente por un impulso, instinto o deseo, no meditado ni reflexionado, y generalmente sin conocimiento previo. Pero eso es precisamente lo que se ha instaurado en nuestra sociedad en los últimos 30-40 años, especialmente en la juventud: poder hacer lo que te de la gana sin consecuencias. Cualquiera, ya esté dormido o despierto, entiende a poco que lo procese, que es absurdo, y que es lo que nos ha llevado entre otras cosas al actual status quo. Pero al poder hacer cosas sin condicionamientos a posteriori, la gente cree tener una falsa ilusión de libertad que no se corresponde con los resultados. Al final, su vida se convierte en un cúmulo de malas decisiones que, como consecuencia menor, termina resultando en que el individuo llega al final de su vida asqueado por la vida que ha vivido, ya que se da cuenta de que ha tomado un montón de malas decisiones que no le han conducido a nada, a nada bueno, al menos. Pero claro, en el momento de la toma de decisión, esa imagen no está tan clara, o no se ve simplemente, con lo que “vivir sin pensar en las consecuencias” se convierte en un modo de existencia, y al generalizarse a la sociedad, termina creando el monstruo que tenemos hoy día. Que se lo digan a tantos y tantos que cogieron hipotecas en los últimos 10 años…

Todo esto no significa que no hagamos lo que creamos que debemos hacer en cada momento, pero sí al menos teniendo en cuenta las consecuencias de nuestros actos, que no afectan sólo a otros, sino también a nosotros mismos. El libre albedrío es la mayor manifestación de la libertad que como espíritus de energía tenemos. De nosotros depende si ese poder va a ser ejercido de forma responsable o no, con todo lo que eso puede acarrear. Nuestro karma nos agradecerá que lo hagamos bien.