Hogar… Que palabra, ¿verdad? Cuando la dices o escuchas, se te llena la boca, sientes cosas que resuenan primitivas, interiores, que dan la impresión de provocar felicidad y sosiego. Los ingleses, con su “home, sweet home” expresan con la sabiduría popular lo que es el hogar. Para ellos, el hogar es el castillo de un hombre (un poco machista, sí, pero igualmente lo podemos aplicar a las señoras…), y es terreno sagrado, más que una iglesia. Pero ahora, si se fijan, sólo tenemos “casas” (house), lugares para vivir, funcionales y sintéticos. Casas. La palabra en si provoca nada, no tiene significado más allá de la semántica. No sientes nada al decirla.

El hogar es aquel sitio, sea cual sea, no necesariamente tu dirección postal, donde estás tan a gusto que te da igual todo, pase lo que pase. Es el sitio donde quieres estar, tanto a las duras como a las maduras, es el sitio donde invariablemente te sientes cómodo y disfrutas. Da igual que sea aquello a lo que llamas “tu casa” o la casa de otro/a, o un agujero en la tierra (que se lo digan a los hobbits…). No importa donde esté ese lugar, incluso en la oficina: si te sientes bien allí, ese es tu hogar.

Yo tengo varios sitios a los que puedo llamar hogar (con fortuna, puedo decirlo de mi actual vivienda, sobre todo gracias a un pequeño y maravilloso ser que lo ilumina permanentemente con su amor…), pero uno de ellos es mi cuerpo. Antes no, era simplemente un amasijo de células que realizaban funciones químicas y al que había que dar de comer para que funcionase. Un mero habitáculo, vamos. Desde que conozco lo que es y como funciona, al menos dentro de mis limitados conocimientos, veo su complejidad y me siento sumamente a gusto en él. Disfruto de cada sensación, del frío, del calor, del soplo del aire o incluso de un dolor de cabeza. La enfermedad también hay que disfrutarla (y combatirla, claro, pero disfrutarla), porque es algo que hemos de experimentar, y generalmente, cuando enfermas tiendes a enfadarte y estresarte, y maldices tu mala suerte, cuando lo que deberías hacer, aparte de todo lo posible para que termine pronto, es disfrutarlo. Sí, ¿por qué no? Todo lo que le ocurre a nuestro cuerpo nos ocurre a nosotros, lo bueno y lo no tan bueno. Yo no quiero estar en otro sitio que aquí, donde estoy. Con mis flujos de energía subiendo y bajando, ese flujo sanguineo discurriendo alegremente por mis arterias ligeramente obstruidas, el agua fluyendo por mi tracto digestivo y cada meada es un placer… ¿Por qué? Porque es mi energía, mi sangre, mi agua y mi orina. Si, partes de un todo cósmico, pero ahora están haciéndome sentir a mi, y eso es lo único importante en el momento que ocurre. Cualquier otra cosa es totalmente irrelevante y superficial. Al fin y al cabo, es la única vida que podemos vivir en este momento. Cuando vengan las siguientes, ya haremos lo que tengamos que hacer. De momento, lo único que debemos hacer es sentir, disfrutar y hacerlo en amor y armonía con todo lo demás, siendo uno con el Cosmos. ¿Es que hay algo más maravilloso que esto, que el hogar?