Memento Mori (desde la web de Mundo Desconocido).

En el artículo arriba referenciado del colaborador Javier Pérez Nieto de la web antedicha, este nos habla de la muerte. No suelo estar de acuerdo con sus palabras en muchos artículos ya que opino que es más un polemista que articulista, pero sin duda en momentos dados dice cosas interesantes. Aunque la traducción más exacta de la expresión “memento mori” es “recuerdo de la muerte” o “recuerdo de morir”, se han asociado muchos significados distintos a esta expresión que, en realidad, independientemente de su origen es sobre todo una diatriba sobre algo que inapelablemente nos alcanza a todos en un momento u otro. Y es sobre lo que me gustaría hablar en esta ocasión.

Tengo pocos admirados en mi vida, porque realmente creo que poca gente se merece ser seguida con interés por lo que ha hecho en su existencia presente o pasada. Independientemente de que admiremos a determinadas personas por un

hecho puntual, sean cercanas o lejanas, la verdad es de la admiración al fanatismo va un paso y, si no se controla adecuadamente, se termina cayendo en el abismo del “fan”, entidad humana cuyo libre albedrío ha desaparecido en pos de la imagen de un individuo o grupo. Digo todo esto por lo que quiero expresar a continuación. Tengo una fuerte admiración literaria (no puedo decir que personal porque obviamente no lo conocí) por la obra de John Roland Ruelen Tolkien, un profesor universitario de filología que en su participación juvenil en las trincheras de Francia en la primera guerra mundial pergeñó lo que se considera el sistema literario épico más importante que se ha escrito jamás desde el Antiguo Testamento. Su “legendarium” como lo llamaba él mismo es probablemente el conjunto más homogéneo de historias fantásticas que se ha escrito jamás. Por supuesto, estamos hablando de ficción.

En estas historias existen cuatro razas de “gente libre” como las llamaba: elfos, hombres, enanos y hobbits. Exceptuando estos dos últimos, cuyo origen o es poco claro o directamente como en el caso de los hobbits ni siquiera fue explicado, en el caso de los elfos y los humanos si se conoce perfectamente. Ambos pueblos fueron creados en el origen del mundo por Eru Iluvatar, el Dios omnipotente y engendrador de todo lo existente, en las músicas del principio del mundo (música = vibración), y se les llamaba los Hijos de Iluvatar, los primeros nacidos (los elfos) y los seguidores (los humanos). A los primeros les concedió vida eterna, sin enfermedades ni dolencias, y sólo morían por accidente o por la espada. A los humanos les dio el don de la mortalidad. Además, sabemos algo más: los elfos, al morir, iban a las estancias de Mandos, un Vala (semidios) en una tierra lejana pero sin salir de Arda (el mundo creado). Sin embargo, los hombres iban más allá del mundo, no se quedaban en él, y no se sabe donde exactamente pero se insinúa que posiblemente con el propio Iluvatar. Esta forma de mostrar la vida y la muerte, tan aparentemente dispar y asimétrica, esconde una simbología que acompaña a toda la historia épica, de la que obras como El Hobbit o El señor de los anillos no son más que muestras meramente de entretenimiento. Que Tolkien eraprobablemente masón es algo que no discuto y que filtró mucha información interesante en su obra tampoco. Pero en esta elaboración tan compleja (si leéis El Silmarilion, cosa que os recomiendo)nos está transmitiendo un mensaje: mientras que los elfos en su vida eterna languidecían y terminaron convirtiéndose en espectros de tiempos pasados, los humanos florecían y se convertían en los amos del mundo. ¿Es la mortalidad un don? ¿Quién quiere vivir para siempre? (que diría ese genio…). Para Tolkien, los seres humanos son aguerridos, inteligentes, habilidosos, generativos e ingeniosos (aunque también malvados e egoístas), y eso es debido a su mortalidad. Los elfos también tenían muchas de esas habilidades, pero al ser eternos, se volvieron huraños, temerosos, egoístas y finalmente desaparecieron por su propia altanería. Tolkien los contrapone en su obra para destacar que precisamente debemos aprovechar la mucha o poca vida que tenemos para disfrutar cada momento y ser maestros vitales a cada minuto de nuestra existencia. No podemos languidecer como los elfos hasta desaparecer. A cambio, Iluvatar los premio con estar fuera del mundo al llegar la muerte, seguramente a su lado, mientras que los elfos estaban condenados a vivir (antes y después) en el mundo creado para ellos.

Da igual quien hayas sido o que te haya ocurrido, al final es lo que has hecho con tu tiempo lo que te ha permitido vivir con plenitud.

Morir es visto tradicionalmente como un momento terrible. Nos atamos tanto a esta existencia y a la ilusión de materialidad que llegado el momento no queremos abandonarlo. Creamos o no en otra vida (sobre esto expresaré mi opinión en otro momento, para no alargar el artículo), el mayor problema al que se enfrenta todo humano es a que en algún momento nuestro estatus actual cambia, termina, y, o desaparecemos, sin dejar rastro, o bien pasamos a otro estado en el que, eventualmente podremos volver a un estado vital como el material, o tal vez de otro tipo. La cuestión es que como no podemos saberlo, al final es una cuestión de decisión: o bien pensamos que nos volatilizaremos como si nada, o bien que viviremos eternamente en diferentes estados. Nadie, absolutamente nadie, puede asegurar una cosa u otra, y por tanto, afirmar de forma categórica una opción sobre la otra es cuanto menos de insensatos. Las dos son igualmente válidas. Pero claro, sólo una puede ser cierta. A no ser que se tenga un conocimiento especial de algún tipo, la elección se convierte en un juego de probabilidades. Pero lo que quiero destacar es que, en todo caso, se elija lo que se elija, hay una verdad clara y manifiesta que es igual para los dos casos: debemos vivir cada momento como si fuera el único, porque en realidad, es el único. El tiempo físico no es más que nuestra interpretación del transcurso de momentos y por tanto, los conceptos de pasado y futuro no son más que ilusiones de nuestra mente: una por la memoria y otra por miedo a lo que ocurrirá. El único momento que existe es el que vivimos en cada segundo de nuestra existencia y en ese segundo nosotros deberemos estar haciendo lo que creamos que debemos estar haciendo en ese momento, y no otra cosa. Porque si se está haciendo algo que no se quiere hacer, que se detesta o que aburre, nos arrepentiremos de ello en algún momento. Se dice que es “maduro” hacer “lo que se debe” aunque no te guste. Yo no lo llamaría madurez, sino resignación. Y el que vive con resignación es alguien que vive con la cabeza baja, con miedo y con amargura en su corazón. Pensamos que vivimos para siempre (y así nos lo hacen creer los mass media) y languidecemos como los elfos, en vez de disfrutar y vivir cada minuto como si fuera el último como los hombres. Pero es que no somos elfos, somos hombres, así que algo falla.

En otro artículo quiero meterme con el tema de la vida, el supuestamente contrapuesto al que estamos viendo hoy, pero quiero rematar este post con unas consideraciones finales. Yo particularmente tengo la firme convicción de que somos eternos, no en nuestra forma actual, y que hemos tenido y tendremos muchas formas. La muerte supone el “switch”, el interruptor que inicializa nuestra existencia material para podamos pasar al siguiente nivel, dependiendo de lo que hayamos hecho en este mundo físico. Pero en todo caso, creamos esto o lo contrario, la elección no es dudosa: vayamos a desaparecer sin dejar rastro o a vivir eternamente como espíritus, cada segundo que pasamos en este plano y cada cosa que hacemos deben ser lo más importante que hayamos hecho jamás, y sólo eso. El otro latinajo que describe esto son exactitud es el famoso “carpe diem”, que en realidad expresa lo mismo que “memento mori” pero con otro significado. Seamos conscientes de nuestra mortalidad para aprovechar cada día que tenemos por delante.