Dualidad. Polaridad. Divergencia. Todo esto no suena muy cósmico, ¿no? Sobre todo porque ya hablamos de que el Cosmos es una mente, una unidad… No parece tener mucho sentido decir ahora que el Cosmos es dual… ¿O sí? Es lo que voy a intentar dilucidar en este artículo.

No cabe duda de que vivimos en una realidad cambiante, mutable. Cada segundo es diferente del anterior y eso se manifiesta en todas las cosas en esta vida. Podemos achacarlo a que somos muchas entidades actuando de forma espontánea y libre modificando la realidad de forma permanente, pero lo cierto es que eso es sólo una parte de lo que ocurre. La ley de atracción, de la que hablaré otro día, es la forma en que el cambio opera, pero no el origen del cambio. La causa y el efecto son las manifestaciones de esa mutabilidad cósmica, pero para entender porque ocurre y cual es el fundamento básico de estos cambios, debemos entender antes que, para que haya un cambio, necesariamente ha de haber una confrontación. Si sólo existiera una única entidad, un único elemento, todo sería siempre igual pero, de hecho, nosotros no estaríamos aquí. Nada existiría, sólo ese elemento único e indivisible. Por ello, en el Cosmos se puso en movimiento la ley de la dualidad, que podríamos definir como la oposición de los complementarios.

Todos conocemos dualidades básicas que a lo largo de la historia nos han indo imponiendo: bueno-malo, luz-oscuridad, hombre-mujer, blanco-negro, amor-odio (esta es mentira, ya que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo), etc… Pero como en el caso de la causa-efecto, no son más que manifestaciones de la dualidad. No son suficientes por si mismas para explicar la dualidad y de hecho, aunque se nos ha hecho creer que están relacionadas de forma biunívoca, son dualidades totalmente diferentes entre si que no tienen relación causal más allá de que en un momento dado puedan darse juntas. La dualidad está constituida por dos elementos que son opuestos pero se complementan, no pueden existir el uno sin el otro. Su fusión da lugar a un efecto específico en el Cosmos, lo que genera el dinamismo necesario para que todo funcione. “El diferencial” entre ambos genera una distorsión energética en los campos donde afectan de forma que eso genera una disgresión en el tejido cósmico, y eso a su vez, genera más Cosmos. La dualidad, de hecho, es la forma que tiene el Cosmos de reproducirse, de ampliar sus horizontes. Sin la dualidad no habría vibración ni vida. No habría nada.

Mucho podemos hablar de las vibraciones específicas. Una de ellas hizo tan evidente su relevancia que los antiguos decidieron darle la categoría de ley: el género. Sobre ello quiero escribir un artículo más adelante porque además, es un tema que me interesa bastante, y sobre el que voy a escribir bastante. La ley de atracción también se rige de varias maneras por la dualidad, ya que de diversas formas es precisamente la pugna de los polos duales lo que genera la disgresión de la causa y el efecto. Son los polos (y de ahí que se les llame así) los que divergen por su propia naturaleza, pero al tiempo no son negacionistas del contrario, sino complementarios. Cuando se encuentran se anulan, y generan un campo energético estable. Esos polos se atraen en realidad, porque necesitan el uno del otro para generar el dinamismo, y cuando no se encuentran, generan la “polaridad”, es decir, la situación negativa por la cual el polo intenta realizarse por si mismo pero no genera dinamismo, sino automatismo y soledad. Todos hemos experimentado o visto esto en nuestra vida. Cuando por ejemplo dos personas se complementan (por personalidad, carácter, actitud, aptitud, etc…), de ello suele derivar consecuencias positivas para ellas y los de su alrededor. Cuando dos personas son básicamente iguales, pugnarán por lo mismo y se enfrentarán, generando destrucción. No se complementan, y por tanto no pueden llegar a construir energéticamente nada. Debemos ser conscientes de que la polaridad es en si misma una consecuencia negativa de la dualidad, ya que cuando se impone un único criterio sobre su complementario, no hay creatividad ni generación, sólo mediocridad y destrucción. Por eso debemos ser duales, pero no polares.

Evidentemente, una de las dualidades que más nos afecta es la de género, que por su naturaleza tiene la categoría de ley. Esta dualidad nos dice que todos tenemos una energía masculina y una energía femenina, en mayor o menor grado, lo que nos define de una forma directa e indirecta. Mayor grado de energía masculina nos definirá como machos y mayor grado de energía femenina nos definirá como hembras. Pero en todo caso, tengamos el grado que tengamos, tenemos ambas energías en nuestro interior y cuando buscamos el equilibrio en ellas conseguimos a su vez el equilibrio en nuestras vidas y nuestra existencia general. Cuando estas energías están claramente desequilibradas, tenemos serios problemas. Como comentaré en un próximo artículo, cada energía tiene unas características que generan las tendencias del individuo y esto a su vez genera su realidad. Mientras que la energía masculina es creativa, externa y previsora, la energía femenina es generativa, interna y auto-observadora. La correcta fusión de la dualidad de género nos lleva a personas en las que conviven todos esos aspectos en mayor o menor grado y que crean la persona perfecta. En ese artículo comentaré también algunos aspectos interesantes de los dos géneros y en otro posterior, introduciré una idea aún más atrevida, que es el origen y la causa de los distintos comportamientos sexuales que tenemos en el mundo físico, incluidos la homosexualidad y la transexualidad.

También hay una cierta corriente, sobre todo en el New Age, que incita a la aceptación de la dualidad para generar una visión distorsionada de la realidad. Esto ha generado a su vez una corriente contraria que niega la dualidad. Esto es, en realidad, dualidad en estado puro funcionando a pleno rendimiento. La fusión de los dos produce la idea indicada antes: una forma de ver la dualidad como contrapuestos que se atraen para generar una realidad diferente. Lo cierto es que ambos tienen algo de razón: unos dicen que sólo existen dualidades (lo que es falso) y los otros que no existen las dualidades (lo que también es falso), pero en el justo medio tienen razón ambos: existen las dualidades pero no no son lo importante, sino el efecto que produce su danza cósmica. Alguno dirá que esto no tiene sentido, pero sí lo tiene: la dualidad da significado a lo que de otra forma sería un burdo juego de palabras. Como ya sabemos, el Cosmos es una mente universal, un sistema energético inteligente que se genera (dualidad) y regenera (atracción) a si mismo continuamente. ¡Por supuesto que existen las dualidades, pero no es la dualidad lo único que existe! Lo que los dualistas insinúan es que la dualidad sólo separa, que el Cosmos existe como un sistema de conjuntos separados entre si, lo que no tiene sentido porque entonces sería un sistema fragmentado. Los negacionistas insisten en que el Cosmos es una unidad indisoluble, y que la dualidad es sólo una invención para mantener separada a la gente, lo que también es falso porque aunque ciertamente el Cosmos es una unidad, esa unidad existe y fluye a través de la dualidad, ya que si no nuestra mera existencia sería imposible.

Cuando veamos dualidades específicas como la del género, veremos también que la energía fluyendo entre ambos polos es la que genera el dinamismo que hace que todo funcione. Todo lo que existe en el Cosmos tiene todas las dualidades en su interior (fractalidad), incluidos nosotros. Nosotros somos en todo caso una unidad formada por todas las dualidades, entre ellas la masculina y la femenina. Veremos que este tema tiene mucho trajín y toda la controversia a su alrededor no es ni más ni menos que la manipulación estúpida de la élite para mantenernos separados y para que todos y cada uno de nosotros no podamos aprovechar nuestras capacidades al máximo. Somos duales, y cuanto antes lo aceptemos y lo aprovechemos a nuestro favor, mejor y más feliz será nuestra existencia actual y futura.