Un mandala también es una buena forma de fijar nuestra concentración en la meditación.

No, no he abandonado esta serie sobre la meditación, pero digamos que andaba en Babia y ya he vuelto… (por cierto, los que no conozcan el significado de esta expresión, les invito a investigarlo, porque como mínimo se relajarán un poco con las andanzas de nuestros reyes medievales…).

La concentración es, sin duda, el punto que buscamos tras relajarnos. No puede haber concentración sin relajación. Intentar concentrarnos en una tarea cuando estamos nerviosos, estresados, cansados o fatigados es absurdo, ya que no lo lograremos nunca en el medida que necesitamos. Pero cuando hablo de concentración, no hablo de estar en un estado de absoluta fijación con un asunto concreto, lo que de hecho rompería la paz y tranquilidad que necesitamos para meditar. De hecho, para entender la concentración en la meditación necesitamos “desaprender” (palabra tan de moda ahora) lo que entendemos por concentración.

Tras haber llegado al estado de relajación que hemos descrito en artículos anteriores, podemos pasar al estado de concentración. Este estado, que no es una alteración del estado normal si no algo buscado por nosotros, es la forma de concretar un pensamiento en nuestra mente sin esfuerzo por nuestra parte. De hecho, intentar la meditación obligándonos a reflexionar sobre un tema concreto sólo nos conducirá al desastre. La concentración a la que hago referencia está ligada a nuestro natural fluir de ideas y pensamientos. Cuando pasamos al estado de concentración, debemos concentrarnos en nuestra mente, no en nuestro cuerpo como hicimos en la relajación. Para entendernos: concentrarnos es pasar a “mirar” nuestra mente.

Y digo mirar porque tenemos que aprender a distinguir bien entre “ver” e “imaginar”. Es fácil no darse cuenta, cuando se intenta la meditación, comenzar a pensar en cosas de nuestra vida cotidiana. Estamos constantemente inmersos en un montón de pensamientos distintos sobre las cosas que nos pasan, las preocupaciones, las alegrías, las penas… Cuando eso pasa, estamos imponiendo barreras importantes a la meditación, porque la misión de la meditación no es pensar, sino precisamente todo lo contrario: no-pensar. Alguno dirá que entonces es absurdo concentrarse, pero antes al contrario, la concentración es esencial para poder no-pensar. Es lo que popularmente se llama “dejar la mente en blanco”. Los primerizos sobre todo han de hacer un esfuerzo consciente bastante importante para eliminar esos pensamientos cotidianos de su meditación, porque todavía no han aprendidos a despejar completamente de ideas su mente. Para ello, debemos concentrarnos precisamente en no pensar, en no escuchar ninguna idea sobrevenida, en vaciar completamente nuestro interior para, entonces, poco a poco, dejar que empiecen a pasar cosas. La mayoría de la gente nunca llega a este punto y por tanto, considera que la meditación es una idiotez y una pérdida de tiempo, pero cuando se consigue el objetivo del vacío mental, entonces empiezan a pasar cosas maravillosas. Y es entonces cuando llega el siguiente momento de la meditación, que es captar una de esas ideas y desarrollarla, ver como fluye, y comprender su significado. Es lo que voy a tratar de explicar a continuación.

Antes hacía referencia a imaginar como la exaltación de pensamientos sobrevenidos de nuestra vida cotidiana. Eso es exactamente lo que hacemos, inconscientemente: imaginar. Nos viene la imagen de nuestra familia, el coche, la casa, el trabajo, los amigos, y nos regodeamos, sin darnos cuenta, con ello. Gran error. Esas imágenes y pensamientos son creados por nuestra mente inconsciente constantemente, pero es “ruido” que tenemos que eliminar de nuestro proceso mental, hasta dejar todo en total quietud. Entonces, podemos pasar a “ver”. Generalmente, el periodo entre relajación y concentración está supeditado a uno que podríamos llamar de “auto-contemplación”. En ese momento, vemos nuestro interior de forma más o menos nítida. Vemos lo que hacemos o dejamos de hacer, lo pensamos de nosotros mismos y de otros, y eso asusta a mucha gente, que no se siente capaz de aceptar esa realidad. Eso, de hecho, suele llevar a que esas personas abandonen la meditación, porque ir más allá puede ser muy doloroso. Pero eso es debido a que no han superado ese primer momento de apabullamiento de pensamientos que no controlamos. Para realizar un vacío efectivo, es bueno concentrarse en un pensamiento concreto, una idea cualquiera que sobrevenga. Debemos concentrarnos en ella de forma que todo el resto debe desaparecer, de forma y manera que será la única idea posible en nuestra mente. No hace falta siquiera que la desarrollemos. Sólo tomemos el esfuerzo de eliminar el resto de pensamientos y quedarnos exclusivamente con ese que hemos elegido. Sabremos que lo habremos conseguido si podemos dejar de pensar en esa idea y las demás no sobrevienen de nuevo. Es posible que cueste un poco, pero con la práctica se termina consiguiendo, y no necesariamente en mucho tiempo. Habremos logrado nuestro objetivo cuando, tras varios intentos, podamos dejar de pensar en esa idea y podamos estar varios minutos sin pensar absolutamente en nada. Vacío total. Es entonces cuando empieza “la magia”, que diría una que yo me sé… Cuando estamos preparados y plenamente concentrados en nuestro vacío, comenzarán a suceder múltiples cosas, aunque me gustaría dejar este punto para otro día ya que quiero desarrollarlo con tranquilidad dado que todos y cada uno de nosotros experimentaremos la meditación de una forma diferente. Cuando hayamos logrado suficiente nivel, seremos capaces de hacer otras cosas, como meditar sin esfuerzo (es perfectamente posible entrar en modo de meditación en un minuto, e incluso meditar sin realizar ningún estado previo), y pasar a otros ámbitos como la meditación trascendental, que nos permite por sanarnos y llevar una vida saludable con la meditación. Pero paso a paso y poco a poco, que todo junto atraganta…