Sólo quiero escribir un pequeño artículo en pos de una cuestión que me acaba de asaltar mirando un comentario en una red social:

Y es que aveces sufrimos de un lamentable problema… tu corazón no quiere admitir lo que tu mente ya sabe

Esta frase en concreto me ha planteado un pequeño problema, pero que tiene que ver con algo sobre lo que quiero escribir en no mucho (ahora el trabajo me absorbe, y durante un tiempo voy a estar un poco “missing”) tiempo. Desde el punto de vista espiritual, esta frase no tiene sentido alguno, pero sí lo tiene si entendemos el amor como algo romántico. En el amor romántico solemos asociar al corazón los sentimientos de apego y dolor por la separación, entre otros, pero precisamente porque la perspectiva es errónea, nuestro entendimiento sobre quien está realmente interfiriendo en nuestra toma de decisiones puede verse nublada de forma inevitable. ¿Y qué si realmente quien nos está causando apego y desesperanza ante los problemas no es el corazón, sino la mente?

El corazón es donde nace nuestra energía de amor. Es donde la intuición alcanza un grado en que podemos sentirla, y para la persona espiritual, la intuición es muy más relevante que la razón y la inteligencia pura y dura. Desde el punto de vista espiritual, es en la intuición donde nace nuestro conocimiento irracional y subjetivo de la realidad y, cuando por ejemplo sentimos que estamos siendo engañados o agredidos de alguna forma por una persona (como puede ser la pareja), no es la mente quien nos está dando esa información: es la intuición quien lo hace. La mente racional, hasta que no tiene datos racionales que avalen el problema, no se percata del hecho en si y no reacciona en consecuencia. En última instancia, sólo nos percatamos conscientemente del problema cuando la razón proclama a los cuatro vientos la verdad. Pero hasta entonces, hemos estado siendo acompañados por la intuición, que nos ha ido diciendo (corazonadas lo llaman, nunca mejor dicho) que algo falla (o que está bien, según el caso). Cuando nos resistimos a creer algo (cuando nos dicen algo que no queremos creer porque nos duele), no es el corazón quien está actuando, sino antes al contrario, es la mente racional la que, al encontrarse con un fuerte obstáculo en su percepción de la realidad, intenta evitar en la medida de lo posible que esa realidad nos dañe, y por eso negamos aquello que muchas veces es muy evidente y otros ven porque no están condicionados como nosotros.

A veces, un simple cambio de perspectiva da mucha más información de lo que pensamos.