Goya sabía representar la sociedad con símbolos como nadie desde entonces

Una cosa que suelo recomendar a los que se dignan en escucharme es que cuando se enfrenten a un problema, busquen siempre su causa y fijen su atención en esa causa, no en el problema en si. Generalmente la mayoría de las personas no son buenas solucionando problemas, porque su único afán es “resolver el problema” cuando la solución al problema vendrá simplemente con la detección y reacondicionamiento de la causa subyacente. Es algo muy típico, por desgracia, en la medicina, por poner un ejemplo, y por supuesto, en todo lo que hacen la mayoría de las personas. Se obsesionan con el problema equivocado, quedándose en la superficie y no comprendiendo lo que realmente está pasando, que no es el problema tal y como se aprecia o sufre, ya que este “problema” en realidad no es más que los efectos del problema real, que es la causa primera del que nos preocupa.

Las personas inteligentes, en cuanto detectan un problema, usan una perspectiva lateral para su resolución. El primer paso fundamental es que si una solución no ayuda a resolver el problema, hay que tratar de encontrar otra solución distinta, no volver a poner en marcha la primera solución que no ha surtido efecto. Einstein decía que una definición de locura era hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes. Para cualquiera que use un poco la lógica, esto es de cajón de madera de pino, pero para la mayoría, por alguna razón, parece que hay una obligatoriedad de hacer lo mismo varias veces con la “esperanza” (siempre la esperanza) de que en alguna de esas intentonas surja la magia… Y claro, no pasa, excepto, ocasionalmente, por pura suerte (entendida la suerte como acción kármica). Cuando algo no funciona, repetir lo mismo una y otra vez sólo genera estrés, ansiedad y obviamente, enfado y resquemor porque vemos que pasa el tiempo y el problema no se soluciona. Usar una perspectiva lateral supone mirar hacia otro lado y probar otra cosa, de forma más o menos intuitiva. Pero ante todo, probar otra cosa. Pero las personas inteligentes también saben darse cuenta de cuando un problema no tiene solución porque, o bien se desconoce la causa, o bien esa causa es inalcanzable, y por lo tanto irresoluble, con lo que en ocasiones, es inteligente concluir el intento de solución hasta un momento más propicio. Una cosa que se aprende de forma intuitiva en informática es que cuando una solución se resiste a aparecer, dejar pasar unas horas e incluso un día entero es, por regla general, muy beneficioso. Habitualmente, al día siguiente la solución simplemente aparece por si sola, sin ser llamada muchas veces, y es simplemente porque hemos dejado que nuestro cerebro comprenda adecuadamente el problema y articule inconscientemente una o varias soluciones, cosa que no ocurrirá si nos empecinamos sin tregua con ello. Usando una jerga técnica de programación, yo a esto lo llamo “dejar algo en segundo plano”, mientras se realizan las tareas principales. Y funciona de verdad.

Esto se puede aplicar a problemas tan tontos como encontrar unas llaves perdidas y a otros mucho menos triviales como solucionar la crisis nacional. El problema puede no ser el problema. Tal vez el problema no es la crisis, como ya indiqué alguna vez. Tal vez el problema no son los políticos ni los banqueros. Tal vez el problema no es el colonialismo anglosajón. Tal vez el problema es España. Así es. Tal vez el problema somos nosotros, tanto los contemporáneos como los históricos. Los españoles al fin y al cabo. A pesar de nuestra manifiesta incapacidad para ser creativos más allá de la maldad y la insidia, a pesar de nuestra extraña y pertinaz necesidad de hacerlo todo mal y además divertirnos con ello, y de nuestro humor negro que, claro está, genera una realidad oscura que oculta un alma atormentada, seguimos pensando que la culpa es siempre de los demás. Algo humano en general, pero muy español en particular. Somos gente muy tonta por regla general, y a la vista está de los acontecimientos. Pero con tonta no me refiero a un término despectivo relativo a “imbécil”, sino a ignorante, inconsciente, adoquín e incompetente. Y no sólo somos eso como país, sino que además no nos importa, e incluso lo potenciamos y nos enorgullecemos de ello. Incluso cuando Felipe II hizo tremenda gilipollez como mandar la “armada invencible” contra Inglaterra, lo más curioso de todo es que a pesar de que todo el mundo y las circunstancias indicaban lo contrario, según su lógica, era “lo único que podía hacer”. Ya veis que nuestra estupidez viene de muy antiguo. Y por aquel entonces, por cierto, comenzó nuestro declive como cultura y civilización. No siempre fue así. De hecho, tan sólo 100 años antes Castilla y Aragón eran dos potencias en ciernes con grandes posibilidades de hacerse las dueñas del mundo y ser grandes imperios, con gente voluntariosa e inteligente que fue capaz de grandes proezas y conquistas. Y en tan sólo 100 años nos convertimos en la caricatura de país que aparece en El Quijote. Y el problema, claro está, no eran los franceses, ni los ingleses, ni los holandeses, ni los italianos, ni los portugueses… El problema eramos nosotros. Ellos simplemente aprovecharon nuestra pobreza espiritual para ganarnos por la mano y dejarnos en la estacada.

Así que la próxima vez que tengáis la tentación de echarle la culpa a los políticos y los banqueros (que tienen mucha culpa, sin duda) de vuestros problemas, tal vez deberíais reflexionar sobre que tal vez la culpa sea vuestra. Nuestra. Recordad que vuestra realidad la creáis vosotros, que el mundo exterior no es más que un reflejo del interior. La riqueza y el bienestar exteriores provienen de vuestra riqueza y bienestar interiores. Tal vez debáis preguntaros que las cosas estén tan mal porque vosotros (nosotros) lo estáis queriendo así. Tal vez sea hora de buscar la solución al problema real, en vez de hacer eso tan español de echarle la culpa a otros.