yermaHace poco estuve en una representación de Yerma en el Teatro Principal de Zaragoza. En general no estuvo mal, con una puesta en escena sorprendente (instalaron un “río” y “llovió” de verdad en una de las escenas finales, lo que sorprendió bastante en ese momento). Pero más allá de la mera crítica artística, en la que no me voy a meter porque no es mi objetivo, quiero tratar el asunto de lo que realmente cuenta esa historia. Porque, en realidad, Yerma no habla de una mujer estéril. Habla del espíritu femenino subyugado a la existencia.

Lorca utiliza la sintomatología social de su época para describir unas relaciones malsanas entre hombres y mujeres, que en realidad son intemporales, porque desde que existe la sociedad patriarcal siempre han sido así. Podríamos trasladar con bastante éxito esa historia a los tiempos modernos de múltiples maneras, ya que realmente sólo cambia el entorno y tal vez los condicionamientos culturales, pero poco más. La mujer sigue estando atada, en vez de al marido (aunque muchas todavía lo están, con eso me meteré luego), a la sociedad, que se ha convertido en su nuevo amo y señor. Y quiero aprovechar, por supuesto, para introducir en este artículo una idea sobre la que vengo a querer escribir desde hace tiempo pero nunca sale la oportunidad: el feminismo como la nueva forma de gestión de la esclavitud femenina en nuestro tiempo.

La historia parte de un principio muy sencillo: una mujer, Yerma, no puede tener hijos y eso genera un caos interior y exterior que termina desembocando en la tragedia final (no cuento más para el interesado en la obra). Pero claro, a medida que vas viendo transcurrir los acontecimientos, te das cuenta de que la infertilidad es sólo una excusa del autor para tratar el tema principal, que es la subyugación de la mujer a todo lo demás. No sólo al hombre, que como se viene a ver en la obra, en realidad sólo la quiere a ella, pueda o no tener hijos, sino a la sociedad y la cultura imperante. En términos específicos, no tener hijos en aquella sociedad venía a querer decir que sólo servías como “chacha” (representada en las dos primas del marido, solteras a una avanzada edad, aunque jóvenes aún), no pudiendo realizarte como mujer en toda su plenitud. La sociedad, al detectar eso, primero te observa con pena, pero después te ataca con saña, porque no eres un elemento válido para ella. En el caso de los hombres, ser capaz de tener tu trabajo o tu negocio y mantener a tu familia (bastante presión todo sea dicho de paso), y en el caso de las féminas, de ser capaz de generar esa familia y gestionarla. Si cada uno no es capaz de mantener su rol social, es condenado al ostracismo fulminantemente. Somos carne de cañón y nuestra capacidad de reacción es nula ante los avatares del destino. Al final, si te dejas llevar por la vorágine, terminas mal tú o los de tu alrededor. Al final todo desemboca en tragedia. Pero esa tragedia ocurre, ya seas hombre o mujer, simplemente porque no has conseguido comprender el sentido de tu vida, de tu misión existencial y que las cosas que ocurren en ella son sólo un vaivén que tu mismo puedes controlar de forma clara y perceptible. Nuestra naturaleza pesimista original se acentúa en el caso de las mujeres por su forma espiritual energética, como comentaré a continuación.

lorcaEl espíritu femenino es generativo, interior, evocativo, absorbente y magnético. La vida interior de una mujer es tan profundo y complejo que los hombres, simplemente o intentamos no comprenderlo o cuando lo intentamos, nos resulta altamente dificultoso de apreciar. Como parte de la dualidad, la energía femenina es aquella que crea, cura, nos hace introspectivos y nos permite fijarnos en los detalles. El espíritu masculino es creativo, exterior, expresivo, dadivoso e impulsivo. Nuestra vida interior es, obviamente, también rica y diversa, dependiendo, como igualmente en el caso de la mujer, de la fusión con la energía del otro signo, pero al mismo tiempo nuestra percepción de la vida es muy más sencilla y directa, complicamos menos todo porque no vemos necesidad de añadir elementos a la ecuación: nosotros creamos esos elementos. La energía femenina es muy penetrante para nosotros, y los que disfrutan de una cierta manera de un mayor grado de feminidad, son al tiempo creativos y laboriosos, y los grandes artistas se han enriquecido de esa fusión natural de energías. Pero el espíritu femenino tiene un problema intrínseco (nosotros tenemos el nuestro, claro), y que no es ni más ni menos que la necesidad de aprobación constante por parte de lo que nos complementa. El nuestro es precisamente el contrario: necesitamos tener algo o alguien que proteger y cuidar, y el conflicto se acusa cuando ambas cosas se superponen y se mezclan como el aceite y el agua: al final nunca se mezclarán y una de ellas estará por encima. Como en Madame Bovary, al final es ella la que coge las riendas y queda por encima, sólo que con resultados diametralmente distintos, y unas consecuencias totalmente impredecibles por distintas. El espíritu femenino, cuando se expresa en la desilusión extrema, genera un vórtice de energía tan sumamente potente que, al desbocarse, termina en algo que no puede determinarse con seguridad, y las consecuencias son inimaginables.

Esta es la razón por la que desde el principio esta energía se ha querido siempre mantener a raya, se ha querido controlar porque cuando se libera de forma desmadrada, genera tal caos y destrucción que es imposible de controlar. ¿Paradójico? No: que una energía sea generativa no significa que no pueda ser destructiva. De hecho, una cosa va implícita en la otra. Es la naturaleza de la dualidad. Y más allá de eso, el objetivo principal de mantener a raya a la energía femenina es porque su potencia es tal que a los dirigentes de una sociedad patriarcal no les es posible controlar esa sociedad si no se controla la energía femenina. Si no se mantiene en los límites “aceptables” para que ellos puedan mantener su control sobre las personas. Al dirigir las energías de las mujeres sólo a determinadas tareas constructivas, estas energías no se dirigen a otros ámbitos y menesteres que ellos no pueden controlar. Nosotros los hombres, como entidades progresivas (tendemos a ser más conscientes del presente proyectado al futuro, mientras que las mujeres tienden a proyectarse hacia el pasado), tendemos a destruir para poder volver a crear, mientras que las mujeres tienden a no destruir, sino a conservar y mantener, modificando lo existente para desarrollarlo más tarde. En una sociedad ideal, con un equilibrio real entre ambas fuerzas, crearíamos cuando fuera necesario y mantendríamos lo existente mientras fuera posible. Pero eso no es progresista. Y como el progresismo ve el progreso de forma lineal (desde un punto A a un punto B), sólo se puede ir hacia adelante, debiendo “hacer espacio” destruyendo lo actual para crear cosas nuevas. Eso es, entre otras cosas, lo que está llevando a la destrucción de la sociedad occidental, pero ese es un punto que trataré otro día. Lo que ahora me interesa es dejar claro el porque hemos llegado a este punto y cuales son las posibles soluciones.

La dualidad es gradual. Todos tenemos un mayor grado de un signo que de otro, pero incluso eso puede graduarse. El estallido de violencia de Yerma al final de la obra es producto de no saber graduar su lado masculino al no soportar la levedad de su ser, así como al mismo tiempo su marido no supo graduar su lado femenino para evitar que se desembocase en la tragedia final. En realidad, el final de la obra ocurre simplemente porque ambos dos no supieron o quisieron gestionar sus energías de forma adecuada. Que la sociedad, la cultura y “los demás” también intervienen, cierto es, pero también es cierto (aún más cierto) que cada uno de nosotros somos responsables de nuestro destino y nuestra inconsciencia de nuestra naturaleza espiritual es lo que nos lleva al desastre.

Para terminar, me gustaría centrarme en el aspecto social de la obra, y de su importancia para entender o comprender las circunstancias de los personajes y como eso se puede reflejar en la actualidad. El resto de los personajes de la obra, que actúan como coro de los protagonistas, es el reflejo de los condicionamientos limitantes a los que todos estamos sometidos en mayor o menor medida. En la sociedad patriarcal tradicional, esos condicionamientos limitantes debían ser suficientes para mantener la sociedad “a raya” (la fertilidad y la familia en este caso), ya no vivimos en esa sociedad. Ahora mismo las mujeres no deberían sentirse condicionadas por estos aspectos, pero eso implica otra cosa: que hay que mantenerlas a raya de otra forma. Hay que considerar que independientemente de los cambios en el tiempo, la élite debe seguir manteniendo el poder, pero al mismo tiempo conducir de forma ortopédica a los miembros de las sociedades que controlan. En nuestra sociedad, donde aún quedan vestigios importantes de ese patriarcalismo paternalista como se expresa en Yerma, la mujer cree ser más libre cuando en realidad está aún más condicionada y esclavizada que antes. Pero de eso va todo esto: creer que somos libres cuando en realidad vivimos en una cárcel mental infinita. En el siglo XIX, la élite se dio cuenta de que en algún momento las mujeres iban a exigir una igualdad que inevitablemente habría que concederles, así que prepararon el terreno por medio de organizaciones de mujeres para generar el siguiente paso en su esclavitud: el feminismo. El feminismo tiene dos vertientes realmente curiosas: por un lado anula el lado femenino de las mujeres (al ser una forma de igualitarismo radical, si quieren ser iguales a los hombres, una condición necesaria es convertirse en hombres, o casi, lo que anula la energía femenina, algo tan importante para el Poder), y por otro lado las introduce en un ámbito vital fuera de la familia (la destrucción de la familia es algo básico para le élite, ya que desune a las personas y también desintegra su visión mental de la existencia), incorporándolas al trabajo y al mundo del dinero, generando nuevas esclavas que antes no lo eran. La división familiar del trabajo ocurría de forma natural porque era necesario mantener a la progenie, y mientras que el hombre conseguía el sustento, la mujer mantenía esa unidad familiar, siendo el núcleo unificador y mantenedor de la misma. El problema de este modelo es que así era fácil mantener controladas a las mujeres (al igual que a los hombres, no nos equivoquemos) y su energía, aunque muchas veces ellas mismas tenían una capacidad propia para sobreponer esos aspectos de sus vidas y tener una cierta autoridad que se les era negada a nivel social. Los romanos acuñaron los términos “patrimonio” y “matrimonio” para identificar estos dos aspectos vitales sobre la realidad: por un lado están “las cosas de los hombres” y por otro “las cosas de las mujeres” (por eso es altamente inexacto tanto idiomáticamente como semánticamente hablar de “matrimonio gay”). Dentro del ámbito “matrimonial”, las mujeres eran dueñas y señoras, y muchas hacían uso de ese privilegio, pero no todas. Así, había mujeres muy importantes en su comunidad con una relevancia semejante a la de su marido, aunque en ámbitos diferentes. Pero la mayoría de ellas no tenían ese impulso (esa gradación hacia lo masculino) que les permitiera dar el paso. El feminismo elimina ese componente y lo traslada al lado de los hombres, pero, ah, ese es el problema: los hombres no podemos ser mujeres y las mujeres no pueden ser hombres. Es algo contra nuestra naturaleza interior. Los conflictos que esto genera los estamos viendo constantemente a nuestro alrededor y ya son más que patentes en la sociedad. Sólo la auto-determinación del individuo puede superar estos problemas pero… ¿Cuantos pueden decir que son auto-determinados hoy día? En realidad, lamentablemente pocos. Ni hombres ni mujeres.

Para terminar, sólo una reflexión. Sea cual sea nuestro sexo y nuestra perspectiva espiritual, somos una fusión de dos fuerzas que cuando trabajan juntas crean cosas maravillosas, pero cuando no lo hacen pueden ser totalmente destructivas. Seamos conscientes de esa fusión y generemos un alma unida. Esa es la única posibilidad de supervivencia que tenemos, como seres espirituales en este mundo físico que nos condiciona.