Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa.

– Mahatma Ghandi.

Aunque suene a película del oeste, no estoy hablando de esos carros tirados por caballos que solían transportar por igual personas, oro o nóminas, o todo a la vez en el mismo viaje (lo de los agujeros de seguridad no lo dominaban entonces…). Obviamente, estoy hablando de la primera virtud del alma a la que me voy a referir en una serie de artículos, cada uno con una virtud concreta a desarrollar. ¿Por qué en el artículo anterior sólo hice un resumen de los defectos? ¡Porque ya los conocemos demasiado bien! Sólo quería resaltarlos para que alguien felizmente se percatara de cual de ellos tenía más desarrollado y tal vez, con suerte, comprendiera como combatirlos… Pero claro, para eso, hasta cierto punto es necesario conocer también las virtudes, las fortalezas del alma, precisamente aquellas cosas con las que podemos luchar contra el enemigo interior. Os presento a la némesis de la pereza: la diligencia.

La diligencia es también llamada disciplina o entusiasmo, y en resumidas cuentas es la disposición o predisposición a ejecutar coherente y constantemente un estilo de vida orientado a lo que se cree correcto. El objetivo es, obviamente, conseguir que ese estilo de vida sea la guía de nuestro ser en el mundo. Es por esto que es la virtud o fortaleza más importante de todas, porque de hecho sin esta es imposible que se desarrollen las demás. Las virtudes tienen un defecto (suena a paradoja, pero no lo es): son muy difíciles de implementar en la vida normal. La vida ya es de por si tan dura que muchas veces sólo podemos dedicarnos a intentar sobrevivir en el día a día sin morir en el intento. Si encima se nos exige ser virtuosos, llega un momento en que nos saturamos y ¡pum!, todo explota. Sin embargo, una mirada en la dirección correcta (siempre la dichosa perspectiva) nos hace percatarnos de que… ¡Oh, mon Dieu! Es cierto: la vida tan difícil que llevamos es prácticamente siempre causa de que no ejercitamos las virtudes del alma, eso que hace que el alma se fortalezca hasta el punto de no necesitar de esfuerzo para seguir una dinámica de funcionamiento virtuoso. Y ahí es donde entra la diligencia, ya que es la virtud que nos permite fortalecernos lo suficiente como para poder adentrarnos en el resto de virtudes sin miedo. Eso sí, difícil es de narices, sobre todo para el dormido, pero como dijo Kennedy: no lo hacemos porque sea fácil, sino porque es difícil. Durante décadas mucha gente ha intentado desentrañar el misterio de estas palabras, pero son palabras sabias y con un profundo significado espiritual. Y la diligencia nos ayudará a descifrar su significado.

La diligencia tiene su contrario en la pereza. Como ya dijimos en el anterior artículo, la pereza es la peor de los males del alma, porque es el que nos llevará invariablemente a cualquiera de los otros defectos espirituales. La pereza no es ni más ni menos que la debilidad que nos hacer perder la concentración de la vida, la perspectiva, nos desvía la mirada del punto correcto, y aunque sólo sea momentaneamente, nos llevará por cualquier otro camino si no reaccionamos a tiempo. Nos despista, nos aturde y ese aturdimiento nos genera temor, y el temor es siempre un temor a la pérdida. ¿De qué? Hay que analizarlo en cada caso, y cada uno es siempre el mejor maestro de si mismo, y el que mejor puede comprender cual es el motivo. La única forma de comprender qué es aquello que nos ha desviado del camino es la introspección, acudir a un extraño para que sea él quien “desatasque” nuestros problemas es cuanto menos inútil. Pero precisamente, acudir a un psiquiatra para intentar solucionar los conflictos internos es en si mismo un acto puro de pereza. No queremos afrontar el auto-estudio, y por tanto delegamos en otros que nos digan lo que sólo nosotros podemos saber bien. La psiquiatría no es más que el estudio del alma enferma (por eso no es ni será una ciencia médica nunca), y eso, amigos míos, es algo que podemos hacer nosotros solos o en compañía de nuestros amigos y familiares. No hace falta pagar a un tercero para que nos diga lo que ya deberíamos poder saber. En todo caso, la diligencia es la solución al problema de la pereza, y es lo que vamos a estudiar a continuación.

Antes he dicho que la diligencia es lo mismo que la disciplina o el entusiasmo (o las dos cosas a la vez). Entusiasmo significa “exaltación del ánimo bajo la inspiración divina”. Ya hemos hablado en otros artículos de que nosotros, como parte del Cosmos infinito, somos una parte de Dios, o Dios mismo, visto desde un punto de vista abstracto. Cuando somos diligentes, sentimos entusiasmo por lo que hacemos, es decir, actuamos bajo la inspiración divina, es decir, nuestro interior. Alguien disciplinado es alguien que, bajo una idea recta de lo que debe hacer, ejecuta sus acciones cotidianas de forma entusiasta, para lograr el objetivo que se ha marcado. De esto es fácil derivar que para ser diligente es necesario tener un objetivo a conseguir, un plan o estrategia. Es lo común que la mayoría de los individuos no hacen planes. Alguno dirá que eso no es cierto, pero probaré que es como digo: es cierto que la mayoría de las personas hace algún tipo de plan a corto o medio plazo, tal como conseguir un trabajo, ir de vacaciones o aprobar los exámenes. Pero esos planes no son relevantes a futuro. No hay objetivos a conseguir a largo plazo. Estos objetivos a largo plazo son objetivos con valor para el individuo, pero la vida es generalmente tan variable y la mayoría de la población tiene tan poco control sobre su propia existencia que es fácil no intentar hacer planes a futuro, porque creen que no los podrán conseguir nunca. Cuando hablo sobre “tener estrategia”, me refiero a una cuestión fundamental: el sentido de la vida, de lo que ya hablamos en otro artículo. Sin un sentido claro de la existencia, no es posible tener una estrategia para alcanzar ese objetivo u objetivos vitales, y por tanto, hacer planes es algo claramente absurdo. Por eso digo que la gente, en realidad, no hace planes: no tiene ninguna razón para hacerlos. Sin planes, no hay diligencia posible, porque lógicamente no hay objetivos a conseguir. Se hacen las cosas sin entusiasmo, sin ganas, sin fuerzas, y eso degenera como es fácil suponer en pereza.

Las personas diligentes son activas, proactivas diría incluso, de buen ánimo y que no se dejan avasallar por los problemas. Tienen unos objetivos vitales que les empujan, incluso de forma inconsciente, a hacer lo que deban hacer, e incluso a generar oportunidades donde no las hay. Al no ser perezosas, no se sienten decaídas y deprimidas, no tienen la sensación de estar fracasando en la vida y de que todo va mal. Su existencia no está condicionada por los vaivenes de la vida, porque ellos controlan el devenir de su existencia, e incluso aunque a veces vengan mal dadas, son capaces de sobreponerse de los golpes y continuar con una sonrisa. Son optimistas crónicos.

Así pues, la diligencia no es un aquello que nos han contado siempre del tipico tío obediente que hace todo lo que le dicen, sino que es alguien que tiene las riendas de su vida y lleva esa vida por el camino que quiere. Sí, es posible que alguien diligente pueda ser obediente, pero pensad siempre que detrás de esa fachada de obediencia se puede esconder (y es posible que sea así) alguien entusiasta, que tiene objetivos en la vida que sólo él conoce (esto es importante: no desveles tus planes a tus enemigos) y que te puede sorprender mucho más de lo que pensabas… ¿Y tú, por qué no te convertes en uno?