Una cosa que me ha irritado siempre de nuestro mundo occidental ha sido el desprecio a la humildad. Se considera una debilidad y el humilde es, generalmente desde este punto de vista, un ser rastrero y de poco valor. Vivimos en una sociedad, diría que la única de este tipo, en que sólo se valora la competitividad y la fuerza superior, muchas veces violenta, que en otras culturas casi no se ha estilado a lo largo de los siglos. Así hemos creado el mundo violento en el que vivimos, por otro lado.

Humildad

Pero esta consideración es incorrecta. La persona humilde no es una persona débil. De hecho, la apreciación de la humildad como una debilidad es falaz, porque de hecho es todo lo contrario, pero como nos han enseñado desde niños que hay que ser todo lo contrario, es decir, violento, rapaz, competitivo, y sumamente atrevidos (en un sentido negativo, impertinente), hemos llegado a un punto en que realmente se hace difícil, por no decir que imposible, comportarse de otra manera sin ser excluido del contexto social.

Se ha llamado “humildes” a los más desfavorecidos, pero como táctica para depauperar la semántica del término. Es más, entender la humildad como la debilidad ante otros es cuanto menos estúpida, ya que la humildad no es algo que nos relacione con otros, sino que está vinculada a nosotros mismos. La humildad es nuestra capacidad de darnos cuenta de nuestras limitaciones y aceptarlas. Yo por ejemplo soy un zote dibujando, no lo puedo negar. Nunca he tenido habilidad manual para ese tipo de tareas. ¿Es frustrante? Sí, porque me gusta ese asunto artístico. Pero he comprendido que no sólo no estoy capacitado para hacerlo o al menos como a mi me gustaría, sino que he comprendido también que no podemos saber hacer absolutamente todo, incluso lo que nos gusta. Todos tenemos habilidades, latentes o no, que son para las que hemos nacido, y la comprensión de que hay cosas que no podemos hacer en nuestras circunstancias no es una debilidad, sino una fortaleza. Impide que dirijas tus esfuerzos de forma inútil en un sentido que va a ser improductivo, ganando tiempo y energías para otras tareas para las que sí estás más preparado. Ser humilde significa ser sincero con uno mismo. Eso no significa que no puedas ser arriesgado, que no tengas iniciativa y aspiraciones personales elevadas. Significa que si te entiendes bien a ti mismo, sabrás hasta donde puedes llegar y a donde no, y eso es algo fundamental para vivir una vida plena. La mayoría de la gente se esfuerza continuamente por hacer cosas o que no puede o no debería dedicarse, obviando o no dirigiendo sus esfuerzos mejor a tareas que realmente si puede llevar a cabo, sólo o en compañía de otros. Nos engañamos a nosotros mismos y al final nos damos cuenta de que lo hemos hecho mal, pero nuestro orgullo nos impide no ya darnos cuenta, sino actuar como realmente deberíamos hacerlo.

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La humildad no es bajar la cabeza y acatar sin criterio que eres inútil para algo. La mayoría de las veces, con esfuerzo se pueden conseguir cosas, pero si eres consciente de tus limitaciones, puedes dirigir tus esfuerzos mejor para alcanzar el objetivo, ya que la mayoría simplemente explotará su energía de forma violenta y sin control perdiendo oportunidades y generando una idiosincrasia totalmente perniciosa para el individuo. Ser humilde no es ser rastrero, ni poca cosa, ni un débil. Eso es lo que nos han hecho creer para que desperdiciemos nuestras energías y pensamientos de forma inútil en vez de reflexionar y ser conscientes de lo que somos y lo que podemos ser. No nos equivoquemos: los grandes hombres y mujeres de la historia eran siempre humildes consigo mismos. Sabían hasta donde podían llegar y hasta donde no. Dependiendo de a qué se dedicaban, mostraban una cara de si mismos que en realidad provenía de la seguridad de saber quienes eran, porque entendían sus limitaciones y las aceptaban, procurando averiguar como superarlas si era posible y si no, como vivir con ellas aprovechando lo mejor de su ser. Una aparente debilidad, como ser bajo, puede ser aprovechada de forma eficiente para hacer creer a otros que no puedes cuando puedes. Nadie que no se comprenda a si mismo puede triunfar, en ningún aspecto de la vida, y mucho menos ser feliz.